El Tribunal Constitucional alemán, contra Europa

Por José Luis Carretero Miramar

Un brutal torbellino socioeconómico se ha desatado sobre Europa como resultado de la mortal pandemia del coronavirus. Un informe de Goldman Sachs pronostica una contracción del 9 % del PIB para la economía de la Eurozona en 2020. La que saldrá peor parada será Italia, con un desplome del 11,6 %, mientras la economía española, según el ubicuo banco de inversión norteamericano, se contraerá un 9,7 % y la francesa un 7,4 %.

El expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en una columna en el Financial Times advierte a los líderes de la Unión de que “la pandemia de coronavirus es una tragedia humana de proporciones potencialmente bíblicas”, y que la respuesta comunitaria sólo puede pasar un por un significativo aumento coordinado de la deuda pública. Para él, “la única manera eficaz de abordar la situación con inmediatez pasa por la completa movilización de los sistemas financieros de los países, evitando demoras burocráticas”.

Sin embargo, la Unión Europea no termina de implementar una política solidaria común frente a la complejidad del reto representado por la expansión del Covid-19. Europa, un gigante herido, pero incompleto, que ha vivido hace pocos meses el trauma del Brexit y las recurrentes tensiones centrífugas alentadas por las fuerzas de ultraderecha, tiene enormes dificultades para configurar una respuesta a la altura de las circunstancias.

Las contradicciones que atraviesan el proyecto europeo son múltiples. La Unión Europea se diseñó, ya desde sus mismos tratados constitutivos, como un espacio abierto a la libre circulación de capitales, no sólo en el interior de la zona, sino también procedentes del exterior. Si a eso le añadimos la utilización de una moneda única configurada de manera extremadamente favorable a los intereses exportadores de Alemania y la ausencia de una política fiscal común, nos encontramos, reiteradamente, con una dinámica en la que cualquier crisis impacta de manera diferencial en los países del Norte y de la Periferia de la Unión, generando tensiones crecientes y potencialmente insolubles.

Los vimos en los años posteriores a 2008, cuando las primas de riesgo italiana o española amenazaron con acabar con la viabilidad del euro y Grecia se hundió en una catastrófica deriva hacia la pobreza. Sólo una respuesta unitaria, personificada en la declaración de Mario Draghi, entonces presidente del Banco Central Europeo, de que se iba a hacer “todo lo necesario”, pudo evitar el colapso e implosión del imperfecto proyecto de Estado-continente europeo.

 Pero el salvamento vino acompañado de fuertes condicionalidades, en la forma de planes de ajuste, recortes del gasto público y reformas laborales y de pensiones. Fueron las llamadas “políticas de austeridad”, exigencia fundamental de las élites financieras e industriales del Norte de Europa para rescatar a los bancos y a las dependientes economías de servicios de los países del Sur. Los desahucios, el paro de masas y el desmantelamiento creciente del Estado del Bienestar fueron el resultado de una década de reformas, recortes y privatizaciones. Recortes, muy señaladamente, también, en la Sanidad pública española, de lo que ahora hemos pasado a ser muy dolorosamente conscientes.

Y el problema es que ahora estamos en una nueva crisis, y las tensiones han reaparecido. Los debilitados sistemas públicos de salud del Sur de Europa, atenazados por la imposibilidad de los Estados miembros para realizar su propia política monetaria o para traspasar las enervantes exigencias de déficit del Tratado de Maastricht, no pueden hacer frente a la brutal extensión de la pandemia. Hacen falta recursos. Y algunos de los industriales y financieros del Norte quieren negociar contrapartidas.

Maratonianas reuniones se suceden en las altas instancias europeas. Holanda toma el papel de ogro desagradable para el Sur, mientras Alemania juega a mantener la Unión sin pagar demasiado a cambio. Los mediterráneos piden eurobonos, mutualizar los costes, rescates que no estén basados en la deuda y un gran Plan Marshall de reconstrucción de Europa.

La partida, en estos momentos, está al rojo vivo. El Banco Central Europeo ha decidido, pese a sus iniciales vacilaciones, poner en marcha un plan de compras de activos comunitarios de 750.000 millones de euros para salvar la moneda única. Su presidenta, Christine Lagarde afirma que “actuará como sea necesario y durante el tiempo que sea necesario”. La Unión, tras muchas tensiones políticas, decide poner en marcha varios instrumentos de ayuda a los Estados miembros, con condicionalidades “blandas”: créditos del MEDE (el Mecanismo de Estabilidad Europeo), un fondo de garantías del Banco Europeo de Inversiones de 200.000 millones de euros y un mecanismo temporal de reaseguro del desempleo comunitario para los trabajadores que estén en situación de suspensión en sus trabajos (como es el caso de los incluidos en los ERTEs y los autónomos españoles).

Los gobiernos mediterráneos insisten en la necesidad de los eurobonos u otros mecanismos de mutualización de la deuda, hacen notar que los créditos del MEDE presuponen el cumplimiento de las normas del Pacto de Estabilidad y Crecimiento que fuerzan a mantener el déficit público por debajo del 3%, lo que implica, en estas circunstancias, la temida “austeridad”;  y subrayan la necesidad de un seguro de desempleo europeo permanente, así como de una auténtica línea de solidaridad transcontinental basada en transferencias de renta y no en deuda.

Y, en este escenario de tensiones y forcejeos, entra en escena el Tribunal Constitucional alemán.

El día 5 de mayo, el Tribunal Constitucional germano dicta una sentencia que actúa como la explosión de un polvorín, en medio de una ciudad sitiada. Su fallo mantiene que el Banco Central Europeo se extralimitó en su mandato con su programa de compra de deuda pública, lanzado en 2015, bajo la presidencia de Draghi, para frenar el brutal colapso de la crisis iniciada en el 2008. El Constitucional alemán requiere al BCE para que justifique su actuación e insta al Bundesbank a interrumpir las compras que realiza a cuenta de ese mismo programa. Si el BCE no responde satisfactoriamente al Alto Tribunal germano, en el plazo otorgado para ello, afirma la sentencia, el Bundesbank deberá encontrar una forma consensuada para deshacerse de los bonos comprados en el marco del programa que están en su poder.

Con esta decisión, el Tribunal Constitucional alemán pone en crisis varios elementos centrales de la actual arquitectura europea. En primer lugar, sienta un precedente que podría ser utilizado contra el actual programa de compras del BCE relacionado con la crisis del coronavirus, ya que este es aún más laxo que el rechazado por la Corte. Pero, aún más, pone en cuestión la jerarquía jurídica de las normas y las instituciones en el interior de la Unión. El tribunal desoye una previa sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que ha considerado justificado el programa del BCE en diciembre pasado, y lanza un requerimiento que se quiere imperativo a una institución comunitaria e independiente (el BCE) que, según los tratados de la Unión, no puede ser fiscalizada por las instituciones nacionales de los Estados miembros.

La independencia del Banco Central Europeo y el futuro de la Unión pasan a estar en juego. El BCE se niega a responder al Tribunal Constitucional alemán. La presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, amenaza con multar al Estado germano y afirma “el Tribunal de Justicia de Luxemburgo siempre tiene la última palabra en materia legal en la Unión Europea. Me tomo esto muy en serio.”

Pero la canciller Angela Merkel siembra dudas. Afirma en una reunión con altos funcionarios de su partido que el fallo del Tribunal Constitucional germano es “solucionable” si el BCE atiende al requerimiento de la Corte y le explica su plan de compra de deuda. Un portavoz de su Ministerio de Finanzas indica que el gobierno alemán cumplirá con los requisitos fijados por la sentencia. El presidente del Bundesbank declara que “respetando la independencia del BCE” apoyará todos los esfuerzos para que este justifique su plan de compras ante el Constitucional alemán.

Alemania, por tanto, amenaza con poner el entero edificio institucional y jurídico de la Unión Europea patas arriba. Y lo hace desde la insolidaridad, desde una inconfesada vocación imperial que le hace pensar que los mercados protegidos que le brinda la existencia de la Unión Europea no han ser sufragados mediante el reciclado de sus excedentes industriales. Polonia y Hungría sonríen a la espera de que el caos desatado termine por descomponer el edifico jurídico que ha servido como freno a su deriva autoritaria interna.

Todo está en juego en esta intempestiva crisis del coronavirus. Europa tiembla, atenazada por las contradicciones del Brexit, del enfrentamiento Norte-Sur, de las tensiones con el grupo de Visegrado, de su incapacidad para construir un aparato de defensa propio y una política exterior común y de su pérdida tendencial de soberanía tecnológica. Encara ahora la rebatiña desatada por las élites sobre quién tiene que pagar las pérdidas derivadas de la pandemia,

Europa es una buena idea. Vivimos en un mundo de tiburones globales, de Estados-Continente como Rusia, China o los Estados Unidos de América, de fondos de inversión que manejan capitales inconmensurables. Sólo una Europa unida puede hacer frente a los grandes torbellinos que se apuntan en el horizonte, como la crisis ecológica, la Cuarta Revolución Industrial o el caos creciente de un mundo multipolar y desigual.

Pero lo que no está claro es que nos valga cualquier Europa. Estamos ante una Europa sin solidaridad, sin fiscalidad común, sin un Derecho del Trabajo que sirva como suelo legislativo, sin una defensa soberana e independiente. Pertenecemos a una Europa que desoye las llamadas a compartir la deuda, a la construcción de una renta básica de ciudadanía, a una profundización democrática y a una apuesta federal para el continente, que sólo puede estar basada en la convergencia hacia arriba de las condiciones de vida de los trabajadores europeos.

Afirma Mario Draghi en el Financial Times que, en estas circunstancias “el coste de vacilar podría ser irreversible”. La austeridad puso en cuestión la idea de Europa la década pasada. Y el Tribunal Constitucional alemán, ahora, la puede empujar al abismo.

Nos habéis fallado

Políticos que decidísteis lo contrario de lo que hay que hacer en una pandemia. Y  que gestionásteis mal y tarde. Y que nos dejásteis desprotegidos. 

Gestores cuyo único interés fue que no se desbordasen los hospitales. Y no, atajar la pandemia antes de que se extendiera en los barrios y pueblos.

Responsables de Atención Primaria, que no supísteis proteger, pero tampoco aprovechar ni hacer valer la importancia de los centros de salud en la contención de la epidemia.

Supervisoras que habéis mantenido EPIs y mascarillas bajo llave, dándolos a cuentagotas.

Preventivistas que no supisteis organizar, delegar y prevenir.

Tribunal Supremo que nos disteis una de cal, diciendo que no era nuestro derecho disponer de EPIs para tratar a los pacientes. Y hasta los 38 días de exposición, no tocó la de arena, para exigir al gobierno que nos dote de protección.

Tribunal Constitucional, que habéis prohibido manifestaciones simbólicas el 1 de mayo. Pero permitís que nos contagiemos por falta de EPIs y seamos el país que mayor número de sanitarios contagiados tiene.

Gobierno, que mientras nos confinábais, permitíais a las grandes industrias seguir produciendo, aunque no todas fabricaran  productos necesarios.

Sindicatos subvencionados y plataformas que decís defender la “sanidad pública” y habéis guardado silencio sobre las causas del colapso del sistema sanitario durante esta crisis.

Empresas privadas que habéis puesto vuestros intereses económicos por encima de la salud de los enfermos.  

UME que habéis entrado en residencias de ancianos a costa de denuncias judiciales.

“Expertos”, que desde vuestros cómodos sillones, elaboráis protocolos que modificáis al día siguiente en función de lo que os piden los jefes. Las epidemias se ganan sobre el terreno, no en los despachos, y se ganan con lo que se hace en los primeros momentos.

Burocracia estatal que habéis impedido utilizar termocicladores de universidades y centros de investigación, cuando más necesitábamos hacer test PCR.

Burocracias autonómicas que habéis impedido a médicos jubilados echar una mano.

Epidemiólogos de alta alcurnia, que creíais que el virus solo atacaba a los de ojos rasgados y no previsteis nada.

Vecinos que nos amenazabais al saber que éramos sanitarios.

Policías que os habéis sobrepasado en aras del supuesto interés de la salud pública. Pero que os mantenéis ciegos frente a multitud de peligros diarios para la salud colectiva, ante los que no actuáis.

Científicos e investigadores que, en lugar de colaborar, lucháis y competís entre vosotros, por una vacuna que luego nos venderá Big Pharma.

Imbéciles, que mientras otros luchan y arriesgan su salud contra la pandemia, no respetáis las normas básicas de confinamiento/distancia social, poniéndonos en peligro a todos.   

Mientras, en barrios y pueblos, ante la inacción del Estado, se organizaron grupos de ayuda mutua, otros para fabricar artesanales equipos de protección, o para que a nadie le faltara comida, o para cubrir las necesidades para los que no podían valerse por sí mismos, o para apoyar a los centros sanitarios….etc.

Y en muchos hospitales y centros de salud, ante la parálisis de la administración sanitaria, los trabajadorxs se organizaron al margen de las direcciones sin esperar directrices,  para aplicar medidas de contención en los centros de salud, para coordinar las camas disponibles entre hospitales, para intercambiarse información……en jornadas laborales muchas veces infinitas.  

Esta crisis ha servido para conocer el verdadero valor de aquellos trabajos hasta ahora invisibles, pero  indispensables. Muchas veces mal remunerados, y algunos de ellos infravalorados socialmente: limpieza, alimentación, transporte, bomberos, recogida de residuos, etc… Y ha dejado en evidencia, los que David  Graeber denomina “trabajos de mierda”, absolutamente innecesarios y que no aportan nada  a las necesidades básicas de la población.  

COMUNICADO DEL BLOQUE COMBATIVO Y DE CLASE PARO Y PRECARIEDAD. UN FUTURO CRUEL PARA LA CLASE OBRERA


#BloqueCombativo
#FueraPrecariedad
#FueraEmpresasDeLoPublico
#ConcienciaDeClase 


La crisis del COVID-19 ha agravado las ya precarias condiciones laborales de la clase obrera. Más de cuatro millones de trabajadores se encuentran afectados por Ertes con las consecuencias que conllevan, a pesar de la fuerte apuesta del gobierno y los sindicatos del sistema como medida menos mala. Los elevados índices de temporalidad y precariedad implican salarios reducidos; esto implica que muchos trabajadores no estén llegando a cobrar el salario mínimo con la aplicación de las prestaciones del 70% de la base de cotización y se reducirá a un 50% a partir del tercer mes.


Otra consecuencia de las políticas de desprotección hacia los trabajadores es que el total de demandantes de empleo alcanzó a casi cuatro millones de trabajadores y trabajadoras en abril.


Siendo los servicios el sostén económico de la economía estatal, en donde el 80% de los empleos pertenecen al sector, las consecuencias están siendo terribles hacia las trabajadoras y trabajadores. Millones de trabajadores bajo la economía sumergida y otras tantas horas extras que no se pagan, hacen que muchos empresarios hagan su agosto esclavizando a trabajadoras y trabajadores.


En esta crisis hay sectores de la clase obrera que no entran en los datos oficiales. Los trabajadores migrantes que trabajan en hostelería, en el campo y en el servicio doméstico. Lo que debería de ser una obligación por parte de un gobierno que se define pro-gresista es regularizar a todos los trabajadores y trabajadoras sin papeles y legislar a favor de que se cumpla el estatuto de los trabajadores con los Riders, obligando a Glovo, Deliveroo y Uber eats a reconocerles como trabajadores, y frenando de esta manera la uberización del modelo laboral.


En los próximos meses veremos ataques muy virulentos hacia la clase trabajadora, ¿quién nos dice que si ahora se han concedido Ertes a empresas con beneficios millonarios no las podrán abrir las puertas a EREs?


Y es que de un gobierno que está permitiendo colas kilométricas de familias sin comida podemos esperar bien poco. Se autodenominan como el gobierno de los servicios sociales mientras que permitan que la clase obrera pase hambre, y con la ayuda de la organización barrial que ha sido fundamental para poder atender las necesidades del pueblo trabajador.Vienen tiempos duros y desde el sindicalismo de clase y combativo llamamos a la organización de los trabajadores, porque somos nosotros los que sacamos la eco-nomía, no la clase empresarial, los bancos y el estado. Debemos no solo organizarnos, sino también tomar con fuerza las calles exigiendo dignidad, y en las empresas para que no se cometan abusos y frenar Eres fraudulentos. Si hay algo que nos está enseñando esta crisis es que vamos a tener que estar bien informados y organiza-dos para poder defendernos.


Esta es una lucha en la que hay que ir a por todas porque sólo así podremos defendernos de abusos patronales, sino reivindicando nuestras condiciones frente a quienes negocian bajo el paraguas del diálogo social con empresarios y gobierno, pactando para llevarnos bien entre todos y evitando cualquier atisbo de lucha obrera verdaderamente reivindicativa. No negociando con quienes siempre tratan de barrer hacia su tejado evitando cualquier derecho fundamental para los trabajado-res y trabajadoras. Luchando por la jornada de 30 horas, las jubilaciones a los 60 y la regularización de los migrantes.

Reivindicaciones justas y que dignifican las condiciones de la clase obrera. No nos valen medias tintas, lo queremos todo y lo que-remos ya. Y seguiremos persiguiendo las políticas antiobreras y señalando vuestras mentiras como la derogación de la reforma laboral que le va a venir tan bien a los empresarios para aplicarla en la crisis actual.


Llamamos a la organización a los trabajadores y trabajadoras porque solamente así lograremos revertir los ataques a nuestra clase y defendernos.


¡Porque sin la clase obrera no se mueve el mundo, organizados somos más fuertes!


Bloque Combativo de Clase:AST, CSC, CNT (Comarcal Sur, Sierra Norte) Plataforma Sindical EMT, Sindicato de Hostelería de Madrid SAS Solidaridad Obrera, SUSH