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Alimento para ratones – José Luis Carretero Miramar

http://calumnia-edicions.net/product/alimento-para-ratones-jose-luis-carretero-miramar

Alimento para ratones es un poemario de combate, hecho de anhelos y pulsiones vitalistas. Una obra modesta, pero combada por el peso de la sinceridad. Estaba destinada a servir de pitanza de roedores en las olas del tiempo, pero Calumnia ha tenido a bien lanzarla al seno de lo que existe y lo que es nombrado. Afirma el cuerpo, la lucha y las pasiones que se desatan cuando se elige la libertad. Esperamos que os guste. Su mensaje, en estos tiempos inciertos y crueles, sería aquel que ya declamó Rimbaud: ¡El canto de los cielos, el avance los pueblos! Esclavos: no maldigamos la vida.

Col∙lecció Quisquilliae, n. 13, 14×21,5 cm, 103 p., 2020.

ISBN 978‐84‐122107‐8‐1

El nuevo tratado que da a China la llave de Asia-Pacífico

Por José Luis Carretero Miramar – 04/12/2020 

                La República Popular China y otros catorce países de Asia firmaron, la semana pasada, el Tratado que da forma a la Asociación Económica Integral Regional (o RCEP, por sus siglas en inglés). Este acuerdo multilateral asiático constituye una gigantesca área de intercambio comercial. Un enorme paso adelante para la estrategia china de edificar un espacio económico integrado en el Pacífico, e interconectarlo con el resto del mundo por medio de su Iniciativa de la Nueva Ruta y Cinturón de la Seda.

                El RCEP abarca casi un tercio del PIB global y a cerca de 2.200 millones de consumidores. Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, Indonesia, Tailandia, Singapur, Malasia, Vietnam, Filipinas, Camboya, Myanmar, Laos, Brunei y China, se comprometen a crear una gran área de intercambio económico con un PIB conjunto de 26 billones de dólares (que podemos comparar con los 19 billones de PIB del conjunto de la UE). La India decidió finalmente quedarse fuera del acuerdo, sin descartar oficialmente que pueda firmarlo en el futuro.

                El Tratado implica una sustancial rebaja de los aranceles aplicados al 90 % de las mercancías intercambiadas entre los países signatarios y una decidida simplificación de las normativas que determinan el origen de los productos. No incorpora exigencias medioambientales ni medidas laborales. Permite a China presentarse como el adalid principal de la continuidad del proceso de globalización, y adoptar una posición central en la construcción de una gran área de libre comercio en la zona del mundo (Asia-Pacífico) que se espera que represente el 60 % del crecimiento del PIB global en la próxima década.

                La República Popular China obtiene una notoria victoria económica y política con la firma de este Tratado. Su economía es la única, entre las principales potencias, que sigue creciendo pese a la pandemia. Se asegura una dinámica de puertas abiertas en la zona comercial más dinámica del planeta, y edifica las bases para la interconexión entre la misma y las grandes rutas comerciales (la llamada Nueva Ruta y Cinturón de la Seda) que ha empezado a construir con el resto del mundo, en un esfuerzo inversor descomunal.

                China ha sabido aprovechar el vacío creado por las políticas proteccionistas de Donald Trump, negociando con paciencia las bases de este Tratado, mientras los norteamericanos descafeinaban la propuesta de gran Tratado Trans-Pacífico (TPP) presentada por Obama. 

                El TPP fue el intento de Estados Unidos de adelantarse a China en el proceso de apertura comercial del Pacífico. Dejaba fuera a la República Popular, ya que lo que intentaba, precisamente, era aislarla y hacer vascular el centro económico del área hacia Estados Unidos. Donald Trump, sin embargo, decidió dejarlo de lado al iniciar su mandato y centrarse en una guerra comercial con China que aún no ha terminado. La República Popular ha aprovechado su oportunidad para presentarse como la líder indiscutida del multilateralismo en Asia.

                El escenario político y económico global parece adentrarse en una nueva “guerra fría”, de tintes esencialmente comerciales, entre la potencia declinante (Estados Unidos) y sus aliados, y la potencia emergente (China) y sus socios mercantiles. Estados Unidos presiona a China apoyando los movimientos separatistas  y prodemocráticos en Hong Kong y otros lugares (Tíbet, Xinjiang); imponiendo a sus aliados el veto a Huawei y ZTE en el despliegue de las redes 5G; deteniendo a científicos y estudiantes chinos afincados en Estados Unidos; estableciendo aranceles y bloqueos contra los productos tecnológicos que pueden sustentar el desarrollo chino en las áreas de la Inteligencia Artificial, el Big Data, la conectividad o la automatización; realizando visitas oficiales y despliegues militares en Taiwán, para provocar a los dirigentes del PCCh; y firmando tratados de cooperación en materia de Defensa y realizando maniobras militares con los ejércitos de los países asiáticos más propensos a enfrentarse a China, como las recientes maniobras “Malabar” implementadas por el Ejército norteamericano conjuntamente con las Fuerzas Armadas de la India y Japón, que resucitan, tras más de 13 años, la alianza “Quad”, calificado por el Ministerio de Exteriores chino como “la OTAN del Indo-Pacífico”.

                China, por su parte, ha aprovechado el reciente “aislacionismo” norteamericano para extender sus redes comerciales, embarcada en el ambicioso proyecto de la “Franja Económica de la Ruta de Seda y la Ruta de la Seda Marítima del siglo XXI”, consistente en una red de corredores comerciales de alcance global, que conectarían las fábricas chinas con los mercados de Europa, África, América Latina y Asia Central. Un proyecto que implica mastodónticas inversiones, para cuya financiación China está preparando una red de fondos binacionales y un gran Fondo aportado en su totalidad por entidades chinas. Además, se ha empeñado en desarrollar nuevas instituciones multilaterales como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII), del que forman parte ya más de 100 países. El BAII, sólo superado en tamaño por el Banco Mundial, tiene como socios a 4 miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, 15 miembros del G20 y 5 del G7 (todos menos Japón y Estados Unidos), pero su principal accionista (con cerca del 20 % del capital) es el gigante asiático.

                El Tratado que da forma a la Asociación Económica Integral Regional (o RCEP) continúa la misma línea estratégica. La República Popular apuesta por el multilateralismo y una “globalización alternativa”, en la idea de que la interdependencia económica con sus países vecinos (como Vietnam o Filipinas), pesará finalmente más en sus políticas que las recurrentes fricciones fronterizas en el Mar de China y que la presión norteamericana. 

La última reunión del Comité Central del Partido Comunista Chino, a finales del mes de octubre, delinea las líneas maestras de su XIV Plan Quinquenal, basadas en la teoría de la llamada “circulación dual”, que apuesta por el desarrollo de una clase media interna capaz de sustituir el consumo occidental a la hora de realizar las mercancías producidas por el mayor taller global. China intenta, paralelamente (de ahí la idea de la circulación “dual”) expandir y desarrollar su mercado de consumo interno y mantener abierta su economía para poder mantener el crecimiento y diversificación de sus exportaciones. 

Para todo ello, China precisa convertirse en una potencia tecnológica de primer orden, lo que garantizaría su acceso privilegiado a los sectores económicos de mayor valor añadido y su soberanía productiva. Este es un objetico estratégico fundamental de la dirigencia china: hacerse con el liderazgo de los sectores más avanzados de la industria moderna, en medio de la Gran Transformación productiva que representa la llamada Cuarta Revolución Industrial. Para ello, China apuesta por el crecimiento de sus grandes empresas tecnológicas, por la financiación pública de los procesos y ecosistemas de innovación y por la participación del Estado chino en todos los organismos internacionales de homologación y normalización de la producción industrial, que determinarán los estándares futuros de interoperabilidad entre los productos tecnológicos.

Estados Unidos trata de bloquear este proceso de desarrollo tecnológico estableciendo aranceles, vetando toda entrega de suministros estratégicos a la industria avanzada china, presionando a sus aliados para que no contraten con las empresas chinas y saqueando a las empresas tecnológicas del país asiático afincadas en Norteamérica (como pretende hacer con TikTok). La llegada al poder del nuevo presidente norteamericano (Joe Biden) difícilmente significará un cambio en este proceso de conflicto creciente entre las dos grandes potencias de nuestro tiempo. El Partido Demócrata comparte la visión estratégica trumpista sobre China: el país asiático es “el enemigo a batir”. El único rival que realmente puede poner en cuestión la hegemonía global norteamericana en las próximas décadas. 

Este gran conflicto planetario que se avecina, aunque se mantenga como una sucesión de presiones políticas y económicas que no lleguen a alcanzar el estadio militar, tendrá sin duda enormes consecuencias para nuestro futuro. Es posible pensar en una gran “desconexión tecnológica” global que implique un mundo tecnológico, y un internet, no interoperable y dividido entre los que usen los estándares tecnológicos occidentales y los que usen los chinos. También es pensable una Unión Europea desdibujándose y quebrándose sin fin, al quedar atrapada en un conflicto ajeno sin poder ejercitar una política exterior autónoma ni implementar un proceso de avance tecnológico soberano.

La “Gran Pugna” entre el Imperio declinante y el nuevo poder emergente se produce, además, sobre el fondo del proceso continuado de crisis interdependientes que sacuden al sistema capitalista en las últimas décadas (la crisis ecológica, las recurrentes crisis financieras, la crisis sanitaria, la crisis cultural…). Y sobre el proceso paralelo de despliegue de una nueva Gran Transformación productiva y tecnológica (la llamada Cuarta Revolución Industrial).

Son muchas tensiones, contradicciones, sacudidas, bifurcaciones, ambigüedades, conflictos…El futuro se abre ante nosotros como un abismo al que no queda más remedio que saltar, sin saber si hay paracaídas, ni hacia donde nos llevará. Como, más o menos, decía el mismísimo fundador de la República Popular China: “todo es caos bajo el cielo, la situación es inmejorable, pero sólo si, mientras tanto, estás organizando tu propia fuerza”.

Lecturas de autogestión: “El organismo económico de la revolución”, de Diego Abad de Santillán.

“La fórmula “el que quiera comer que trabaje” aparece como la expresión más acabada de la justicia y la libertad.

Por José Luis Carretero Miramar Publicado el 2 Nov, 2020Compartir

“El organismo económico de la revolución”, la obra más conocida de Diego Abad de Santillán, ha sido recientemente reeditada en el Estado Español por la editorial Descontrol, de Barcelona. Sinesio Baudilio García Fernández (nombre real del autor del texto) fue un conocido militante anarquista que vivió a caballo entre las dos orillas del Atlántico, colaborando en la organización de los sindicatos obreros de México, Uruguay, Argentina y España.

Abad de Santillán publicó “El organismo económico de la revolución”, una recopilación de diversos artículos aparecidos en la prensa libertaria española entre 1934 y 1936, en plena etapa republicana, y justo a tiempo para conformar una de las dos ponencias presentadas en el Congreso de Zaragoza de la Confederación Nacional del Trabajo para articular el debate sobre cómo dicha organización entendía el concepto de “comunismo libertario”, que había incluido reiteradamente en sus estatutos como su finalidad última.

Era un momento prerrevolucionario, de enormes tensiones sociales, en el que la presencia, cada vez más fuerte, del fascismo en Europa, multiplicaba las urgencias y la necesidad de una clara visión estratégica para un movimiento obrero ampliamente extendido y con una clara voluntad de transformar el país.

El libro, por tanto, era un intento de construir, por parte del anarcosindicalismo, un discurso coherente y factible sobre como organizar la vida económica de la sociedad tras una revolución que se veía cercana. Su clara voluntad didáctica, su profusión de citas y datos sobre la situación económica del momento, su orientación a convertirse en auténtico manual sobre las líneas generales que la economía post-revolucionaria debía mostrar, lo convierten en un texto enormemente interesante para dilucidar las posibilidades de una estructura productiva integral, basada en la autogestión, aún hoy. Las propuestas de Santillán, de hecho, fueron en gran medida convertidas en un experimento real en el proceso colectivizador posterior al inicio de la Guerra Civil, en el que las organizaciones anarcosindicalistas trataron de conformar, una y otra vez, la tupida trama de coordinación federal entre las unidades productivas autogestionadas que propone Abad de Santillán.

Diego Abad hace una decidida apuesta por convertir las ideas del anarquismo ibérico en una propuesta real y concreta que pueda implementarse de manera inmediata. Aunque sabe que el anarquismo, como doctrina crítica del Capital, el Estado y la Autoridad, puede ser vivido y defendido en cualquier formación social, Abad de Santillán no olvida que “el hombre lobo del hombre no puede convertirse en verdadero hermano del hombre más que en condiciones materiales seguras”. Es por eso, que:

“Si la anarquía para los anarquistas puede mantenerse en la abundancia como en la miseria, el comunismo, por ejemplo, no puede practicarse más que en la abundancia; en la escasez corre siempre peligro de naufragar. En el comunismo hay algo de generosidad, y esa generosidad falta, merma cuando escasea todo y entonces la generosidad es suplantada poco a poco por el egoísmo, la desconfianza, la competencia, la lucha por el pan de cada día.”

La propuesta de Abad de Santillán, por tanto, toma la forma de un comunismo autogestionario que garantiza que, mientras en los aspectos imprescindibles para la supervivencia y el bienestar de la sociedad y los individuos, se produce la necesaria coordinación y planificación, en los aspectos en los que los seres humanos podemos elegir una vía propia sin entrar en conflicto con los demás, la plena libertad para la autoorganización de los individuos y los grupos sea respetada. En definitiva, afirma Diego Abad, “nos guía sobre todo la visión de una sociedad de productores y distribuidores libres, en la que no haya ningún poder capaz de quitar a esos productores y distribuidores el dominio del aparato productivo”.

En esa sociedad de productores libres, afirma Abad:

“La fórmula “el que quiera comer que trabaje” aparece como la expresión más acabada de la justicia y la libertad.

Toda construcción económica y social que no la tenga por base y por ideal inmediato no será sino un engaño nuevo, un nuevo escamoteo de los frutos del esfuerzo revolucionario.”

Porque “La organización económica de la revolución” no es una poética alabanza de las esperanzas utópicas o de las “Arcadias felices” de los pensadores que pergeñan nuevos mundos desde sus torres de marfil. Abad quiere construir una propuesta factible, capaz de articular una sociedad compleja y de aumentar la productividad del trabajo humano en una economía moderna. Su finalidad no es tan sólo, aumentar las esperanzas depositadas en un futuro lejano, sino proponer soluciones prácticas para un ahora de luchas, en un entorno donde la lucha de clases se paga con un tributo de sangre. Por ello entiende que:

“Si demostramos desde ya conocimiento y dominio de los problemas a resolver, y ponemos de manifiesto la manera de resolverlos, inspiraremos cada día mayor confianza a las grandes masas y la tarea de la revolución, que se hace en primer lugar para satisfacer necesidades que en el orden actual quedan insatisfechas, saldrá beneficiosa y aliviada.”

Abad quiere, no hay duda, “ganar población” como dirá años después Abraham Guillén. No le gustan los discursos utopistas que implican “predicar en el vacío y sentar plaza de excéntricos”. Entiende que:

“La vida económica tiende a una viva coordinación, no sólo porque es la manera de producir más y más económicamente, sino porque la población es doble, triple, cuádruple de la existente en los tiempos del artesanado artista”.

Así que su propuesta es un acabado proyecto de articulación de una sociedad moderna (para su tiempo) en base a la generación de una tupida red federal de organismos económicos autogestionarios que incluyen, siguiendo las líneas maestras de la organización sindical cenetista, Consejos de Fábrica, Consejos de Ramo de la producción (Vivienda, Industria, Alimentación, etc.), los Consejos locales y regionales de Economía, Federaciones nacionales de los Consejos de Ramo, y un Consejo federal de la Economía nacional.

Sobre la base de la unidad elemental de la economía autogestionaria (el Consejo de Fábrica) la propuesta de Abad construye dimensiones crecientes de coordinación (en base a la técnica federal) y planificación de la economía. Eso permite que, si en un ramo o localidad determinada, una unidad económica no resulta rentable, el correspondiente consejo económico pueda derivar los recursos infrautilizados a una necesidad aún insatisfecha de la sociedad, evitando el paro forzoso y aumentando la productividad.

Esta propuesta de coordinación creciente entra en conflicto con las perspectivas puramente localistas, basadas en la idea de la “comuna libre”, popularizadas por una lectura demasiado literal de la obra de Pedro Kropotkin entre los militantes del movimiento anarquista. Merece la pena hacer una larga cita del texto, para entender bien el argumento de Abad:

“Creemos percibir en nuestros ambientes libertarios, un poco de confusión entre lo que lo que es la convivencia social, la agrupación por afinidad, y la vida económica. Visiones de Arcadias felices, de comunas libres, influyen en la mentalidad de algunos camaradas. Pero la Arcadia ha sido imaginada por los poetas en el pasado; en el porvenir las condiciones son completamente otras. En la fábrica no buscamos la afinidad, como en el matrimonio o en la amistad, y en el ambiente de trato social; en la fábrica nos interesa, sobre todo, el compañero de trabajo que conoce su labor y la ejecuta sin producir complicaciones con su inexperiencia o su impericia en la marcha del conjunto (…) En una palabra, el grupo de afinidad que se forma en la vida social no tiene función alguna específica en la vida económica.

La “comuna libre” es producto lógico de esa concepción del grupo de afinidad. Pero no hay comunas libres en economía, porque esa libertad supondría también independencia, y no hay comunas independientes.

Una cosa es la comuna libre desde el punto de vista político social, para el arreglo de sus asuntos internos de una manera absolutamente soberana, y otra es la comuna desde el punto de vista económico. En este último punto nuestro ideal es la comuna asociada, federada, integrada a la red económica total del país o los países en revolución.”

Se trata de una propuesta global para la sociedad española de su tiempo, que hace hincapié en la diversificación de las actividades económicas, en un proceso de industrialización auto-centrado y en la búsqueda de la soberanía alimentaria, para garantizar la desaparición de las hambrunas endémicas entre el proletariado. También se incide en la necesidad de un gigantesco esfuerzo intelectual y educativo, basado, entre otros pilares, en un sistema de formación profesional básicamente entrelazado con los organismos de coordinación de las actividades productivas. Para Abad de Santillán:

“La revolución necesita obreros capacitados, campesinos de iniciativa, hombres de base sólida; y la escuela nueva y las instituciones especiales de estudio, de experimentación y de ensayo, darán esa generación que hace falta. Con hombres instruidos, conocedores de su oficio, científicamente formados, España dejará de ser lo que es y podrá corresponder a los anhelos de los patriotas más exaltados”.

La cuidada edición de Descontrol de “El organismo económico de la revolución” nos regala más elementos de inestimable valor para pensar una vía autogestionaria de salida del capitalismo de hoy, en nuestro país. Por ejemplo, una clara reivindicación del iberismo político (el capítulo VI se titula abiertamente “Restablecimiento de la unidad ibérica”). También, un delicioso prólogo de Andrés Ruggeri. Y, además, dos magníficos artículos de Abad de Santillán, añadidos por los editores al texto (como una especie de “bonus track”) en los que reflexiona sobre la necesidad de la lucha por la jornada de 35 horas, ante el creciente paro obrero provocado por el despliegue de la automatización del trabajo.

Un libro absolutamente recomendable. Una propuesta de conjunto para un proyecto de economía autogestionaria, en la que lo rescatable, pese al tiempo transcurrido, supera en mucho a lo obsoleto. Sólo nos queda recordar, con Abad de Santillán, en estos tiempos inciertos, que:
“Una República de trabajadores debe tener por fundamento el trabajo, la organización del trabajo para suprimir el capitalismo, el propietario, el intermediario improductivo. Es decir, una República de trabajadores tiene que entrar en posesión de la riqueza social y administrarla directamente por los productores mismos.”

José Luis Carretero Miramar.

Los fondos de inversión también desahucian en pandemia

Por José Luis Carretero Miramar

La prensa económica nos advierte del avance de los inversores globales en el mercado de la vivienda en alquiler tras el Estado de Alarma declarado para hacer frente a la pandemia de Covid-19. Los grandes fondos de inversión y las aseguradoras han invertido más de 1000 millones de euros en inmuebles destinados al arrendamiento de vivienda en los últimos meses.

Un buen ejemplo de esta tendencia es la alianza entre la gestora de fondos francesa Primonial y Grupo Lar, una inmobiliaria, para dedicar 400 millones de euros a construir y gestionar 5.000 viviendas bajo la fórmula build to rent (construir para alquilar). Asimismo, el fondo global Aberdeen Standard Investments ha comprado un proyecto de 160 viviendas a Azora en la zona de Mahou-Calderón de Madrid, por 90 millones de euros.

El interés de los inversores globales por el mercado del alquiler en España viene de largo. Ya en 2019 se gastaron 1650 millones en ampliar sus posiciones en este negocio, de los cuales 974 fueron destinados a hacerse con bloques de pisos ya construidos. Aunque cerca del 95 % del mercado del alquiler español sigue estando en manos de particulares, la parte bajo control de los fondos de inversión ha aumentado sin cesar en los últimos años, destacando las posiciones de gigantes globales como Blackstone, el mayor arrendador de viviendas del país, que representan más de 50.000 pisos, por valor de más de 20.000 millones de euros, repartidas en distintas sociedades instrumentales como Testa, Aliseda, Anticipa y Fidere.

Pero este acusado apetito inversor no ha redundado en un más amplio cumplimiento del derecho a la vivienda reconocido en la Constitución española. En el país de la OCDE en el que se espera la mayor tasa de desempleo para 2020 y 2021, asoma de nuevo el fantasma de los desahucios. Las ayudas públicas implementadas tras la emergencia de la pandemia (ERTEs, subsidios, cicateras moratorias de hipotecas y de alquileres, etc.) han conseguido, de momento, evitar que un nuevo tsunami de ejecuciones hipotecarias y lanzamientos de viviendas, como el de la pasada crisis del año 2008, sacuda a los barrios de las clases populares. Pero, en el marco de un régimen jurídico pensado expresamente para favorecer los intereses de los grandes propietarios y la emergencia de recurrentes burbujas especulativas, diversos analistas prevén un aumento del 25 % en los desahucios en el tercer trimestre de este año. Y eso, aún teniendo en cuenta que, muy posiblemente, los ERTEs se mantendrán vigentes para cientos de miles de trabajadores al menos hasta el inicio del año que viene.

En este escenario difícil y cambiante, las políticas públicas de vivienda de las últimas décadas han constituido un sonoro escándalo. Baste un ejemplo: en diciembre del año pasado, el Tribunal Supremo inadmite el recurso de Casación interpuesto por la Comunidad de Madrid contra la Sentencia del Tribunal Superior de Justicia de dicha comunidad que anuló, a petición de uno de los arrendatarios, la resolución del Instituto público de la vivienda de Madrid (IVIMA) de 29 de agosto de 2013, por la que el gobierno de Ignacio González vendió 2935 pisos de protección oficial al fondo de inversión Azora, participado mayoritariamente por el gigante global Goldman Sachs, quien, a su vez, las traspasó a su vehículo de gestión inmobiliaria EnCasa Cibeles.

Como afirma el Tribunal Supremo en el auto de 29 de noviembre de 2019, que inadmite el recurso de Casación de la Comunidad de Madrid:

“En lo concerniente al fondo de la cuestión, y en obligada síntesis, la Sala entiende que la Administración no ha motivado adecuadamente (ni suficientemente) –con arreglo a lo exigido en el artículo 49 de la norma autonómica sobre patrimonio y en los artículos 131 y 138 de la Ley 33/2003, de 3 de noviembre, de Patrimonio de las Administraciones Públicas- la concurrencia del carácter no necesario, para el cumplimiento de los fines del IVIMA, de los bienes finalmente enajenados. Sobre este particular considera que, si bien la decisión de enajenar las viviendas se adoptó tras un análisis de las posibles alternativas que existían para la consecución de los fines perseguidos (encontrándose factores negativos y positivos), la decisión, tras dicho análisis, de por qué no se conservarían dentro del patrimonio del IVIMA esas concretas viviendas, y en tal alto número, no se efectuó.

Esto es, sigue razonándose en la sentencia, la decisión de enajenar corresponde a la Administración y constituye una decisión política (…); pero además debe justificarse por qué las viviendas enajenadas no son necesarias. Y desde esta perspectiva añade que una cosa es la existencia de una motivación escueta y, otra distinta, que la misma sea inexistente en relación con lo que ha de justificarse.”

Contra este auto, la Comunidad de Madrid interpuso recurso que fue denegado por Providencia de la Sala de lo Contencioso – Administrativo del Tribunal Supremo de 3 de marzo de 2020. Pero, sorprendentemente, la situación de hecho de los arrendatarios de las viviendas del IVIMA vendidas ilegalmente a Goldman Sachs no ha cambiado. Y algunos de ellos deben encarar ahora la posibilidad de ser desahuciados por EnCasa Cibeles.

Ya en el año 2017, en una entrevista con el autor de este artículo, varias arrendatarias de uno de los bloques de viviendas de protección oficial vendidos por el IVIMA a Goldman Sachs, sito en el Ensanche de Vallecas, narraban cómo había cambiado su situación tras la venta:

“Las ayudas al alquiler. Ellos dicen que no son una ONG y que no conceden ayudas al alquiler. El IVIMA se lava las manos porque la casa ya no es suya y le pides otro piso y te dicen que hasta dentro de veinte años no puedes. Estamos a la espera de que nos echen (…)

A veces dicen que te van a echar, que se te ha acabado el contrato, te asustan y no te dan información (…) Para seguir metiendo gente, sacan a los antiguos, de quienes se quieren deshacer.”

Esta misma semana, Monserrat González, inquilina de uno de los pisos y representante de la Plataforma organizada por los arrendatarios, nos confirma que la situación no ha cambiado, pese a la sentencia del Tribunal Superior de Justicia y las resoluciones del Tribunal Supremo:

“EnCasa Cibeles sigue mandando órdenes de desahucio. No se cumple la Sentencia ni el auto del Supremo. La Comunidad de Madrid ni siquiera ha dicho si ha recurrido ante el Tribunal Constitucional, y tampoco ha cumplido la sentencia. Estamos en una situación de indefensión total. Ya no me fío de la Administración de Justicia. Están desahuciando gente ahora mismo. Es como una película de Berlanga, pero sin gracia. Un drama y una injusticia.”

Realia, controlada por el magnate mexicano Carlos Slim. AQ Acentor, promotora dirigida por el fondo de inversión alemán Aquila Capital. Y los ubicuos Blackstone, Cerberus, Lone Star, Goldman Sachs… Estos, y algunos más, son los fondos que se están haciendo con el control del mercado de la vivienda en nuestro país. Y, aun más, lo están llevando a cabo comprando, a precio de ganga, promociones públicas, como los pisos del IVIMA de que hemos hablado o los pisos de la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo (EMVS) de Madrid que fueron entregados por esas mismas fechas a Blackstone. Y, también, como las enormes promociones vendidas por la Sareb a los fondos a muy buen precio, porque los contribuyentes (es decir, los trabajadores) pagan la diferencia en la forma de deuda pública y recortes en los servicios del Estado de Bienestar, como la Sanidad o la Educación.

La defensa del derecho constitucional a la vivienda impone hacer frente a los buitres que se quieren hacer con ella para exprimir y extorsionar al máximo a los ciudadanos. Defender el derecho a la vivienda impone luchar contra los desahucios, y también defender el derecho a la palabra de quienes, como Montserrat González y sus vecinos y vecinas, sufren las consecuencias de la brutal agresividad de un mercado de grandes tiburones a los que nadie intenta controlar.

Lucio Urtubia, revolucionario

Por José Luis Carretero Miramar. Secretario general de Solidaridad Obrera. Revista Crisis de Ecuador

“Para dejar de ser esclavo hay que trabajar”. Estas palabras, pronunciadas por el anarquista Lucio Urtubia en una entrevista en Radio Klara, fueron las que elegí colocar al inicio del prólogo de mi segundo libro, “El bienestar malherido. Seguridad Social, desempleo y flexiguridad en el siglo XXI”, publicado en el año 2008.

Eran los tiempos del inicio de la crisis global más importante desde 1929. “El bienestar malherido”, un libro breve en formato de bolsillo con una portada del compañero Oscar O., que imitaba, trascendiéndolas, las ilustraciones de sendos discos de Dead Kennedys y The Crass, pretendía hacer una aproximación didáctica y manejable a las nuevas (entonces) tendencias gerenciales a favor de la flexibilidad laboral y la reforma de las pensiones. El corazón de lo que luego conoceríamos como “austeridad neoliberal” estaba ahí.

Y también, como ya he dicho, estaba Lucio Urtubia.

A Lucio lo conocí gracias al libro que me pasó José López, más conocido en los ambientes ácratas madrileños como “el López”, entonces un agitado joven insurreccionado, cliente de mi despacho y, por cierto, objetivo de alguna acusación penal de la que yo llegué a defenderle como abogado, de la que fue finalmente absuelto porque era inocente.

Era un libro sobre un gigante. Un gigante ácrata. Y, aún más importante, un gigante vivo. Quienes no sepan quien fue Lucio Urtubia, hasta su recientísimo fallecimiento, y sólo lo conozcan por las escasas referencias que de él quedan en los medios de comunicación masivos, no pueden valorar en su justa medida la dimensión del personaje. Digámoslo claramente: la dimensión de un revolucionario.

Porque Lucio Urtubia fue ante todo un revolucionario. Un revolucionario anarquista que se dedicó a la actividad clandestina contra la dictadura franquista, que compartió luchas con militantes legendarios como Quico Sabaté, y que se especializó en falsificar documentos que salvaron las vidas de miles de militantes clandestinos de toda Europa, pertenecieran o no a su corriente política.

Es en medio de ese actuar de décadas en la clandestinidad y de ese aprendizaje de la resistencia y de la lucha por la libertad, que Lucio hizo aquello que más fama le ha dado ante la opinión publicada, ante los medios masivos. Lucio falsificó una enorme suma en cheques de viaje del City Bank, que fueron usados por las redes clandestinas de los revolucionarios europeos para financiarse. Y, cuando la gran transnacional se enteró y trató de agarrarle y meterle en la cárcel, consiguió dar la vuelta a la situación y salir relativamente indemne. Como un Robin Hood rojinegro, navarro y afable, Lucio robó a los más ricos para defender los derechos y las libertades de quienes buscaban en la lucha una forma de superar un sistema ya periclitado, pero aun brutalmente sanguinario.

También organizó fugas, como la del dramaturgo Albert Boadella, encerrado entonces por los cancerberos del dictador Francisco Franco. Esos que no fueron juzgados después, ni por los tribunales ni por los académicos grises de la España sin memoria, que aún se pregunta si sería lícito hablar de lo que sucedió en los campos y las cunetas de la muerte de los años cuarenta y siguientes.

Lucio dijo más de una vez que, ante todo, era albañil. No debemos tomar esta declaración como algo secundario, frívolo, poco importante. Lucio era revolucionario, también, porque era albañil. Porque todos los días acudía a su trabajo y porque no pretendía vivir de aparentar la revolución desde los mullidos sillones de la mascarada que llaman política. Lucio intentó “tomar los cielos por asalto” sin dejar de levantar las paredes de las casas proletarias con su sudor y su energía prometeica. No estamos hablando de un prometedor aspirante a pertenecer a la “La Casta” que habla contra ella, de un pulido constructor de arabescos discursos nebulosos, sino de un trabajador que, en su tiempo de vida hurtado al patrón tras ganarse la vida con su trabajo, expresa su voluntad de liberación desde una práctica más allá de las normas falsarias de lo cotidiano.

Para dejar de ser esclavo hay que trabajar. Porque los que no trabajan acaban siendo esclavos de quienes les alimentan e infectos espías de aquellos a los que tienen que traicionar para ser alimentados. Hay quienes asumen su condición de proletarios, con o sin trabajo. Saben que no tienen la propiedad de los medios de producción y que, por lo tanto, tienen que vender su fuerza y su energía al patrón unas horas al día, para poder combatirlo y expresarse libremente el resto de su vida. También hay quienes, huyendo del trabajo, acaban vendiéndole al patrón cosas mucho más importantes, como la dignidad o la amistad, y entregan lo más profundo de su personalidad tratando de convertirse en una marca que no necesite “trabajar”.

“El bienestar malherido” se iniciaba, también, con otra cita de José Ingenieros:

“Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos a una parte mayor de la humanidad; es admirar, para compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse; un incesante afán de elevación hacia ideales definidos.”

A la luz de este texto, no hay duda de que Lucio vivió, desde el sudor de la obra hasta el fragor de la lucha clandestina. Vivió con dignidad, lucidez y la libertad posible para un revolucionario en la sociedad de la ignominia.

Tampoco hay duda de que admirar a Lucio es también vivir. Vivir con la plenitud de la revuelta y el sabor vibrante la camaradería.

Salud, Lucio. Albañil de la nueva Arcadia. Un día levantaremos finalmente los muros que no has podido terminar

En la revista Crisis:
https://www.revistacrisis.com/debate-memoria/lucio-urtubia-revolucionario

Apple derrota a Europa

Por José Luis Carretero Miramar Secretario General de Solidaridad Obrera

En una sentencia del miércoles 15 de julio, el Tribunal General de la Unión Europea acaba de dictaminar que la decisión de la Comisión Europea de obligar a Apple a devolver 13.000 millones de euros a Irlanda, en concepto de impuestos no pagados, no es conforme con el derecho comunitario.

La sentencia del Tribunal va a obligar a las instituciones europeas a pagar 14.200 millones de euros a la multinacional norteamericana (los 13.000 que tuvo que adelantar Apple, más 2.000 de intereses). La decisión judicial aún puede ser recurrida ante el Tribunal de Justicia de la Unión, en un plazo de dos meses, y se fundamenta en que, según el Tribunal General, la Comisión no ha probado en el procedimiento que los pactos fiscales suscritos entre la República de Irlanda y Apple otorgaban a la empresa de Tim Cook una ventaja competitiva en los mercados comunitarios que constituyera, por tanto, una ayuda estatal prohibida por la legislación europea.

Lo cierto es que sí ha quedado probado que Apple llegó a dos acuerdos con Dublín en 1991 y 2007, que le permitieron implementar a una sustancial rebaja en los impuestos pagados por las dos filiales de la tecnológica norteamericana radicadas en Irlanda, con las que opera en el conjunto de la Unión Europea, Apple Sales International (ASI) y Apple Operations Europe (AOE). La empresa sólo tributó el 1% en 2003, y fue pagando cada vez menos hasta llegar a abonar solamente el 0,005% en 2004.

La propia vicepresidenta de la Comisión Europea, Margrethe Vestager puso como ejemplo de las ambiguas prácticas fiscales amparadas por los acuerdos con Irlanda, que las filiales de Apple en la isla sólo declararon una base imponible en el año 2011 de 50 millones de euros cuando sus beneficios habían alcanzado los 16.000 millones. No es la primera derrota de la Comisión en su recién inaugurada estrategia de intentar limitar la flexibilidad fiscal de determinados estados europeos, como Irlanda, los Países Bajos, Luxemburgo, Malta o Chipre, que, en la práctica, están dinamitando las posibilidades de cobrar lo suficiente vía impuestos de la mayoría de los países de la Unión.

Irlanda, por ejemplo, con un tipo del impuesto de Sociedades del 12,5%, y con una creciente tendencia a llegar acuerdos fiscales específicos aún más favorables para las grandes multinacionales norteamericanas, está implementando conscientemente una auténtica dinámica de dumping fiscal, para favorecer que las grandes compañías extracomunitarias se radiquen en su territorio. Esto genera un brutal incentivo para la bajada generalizada de los impuestos sobre los beneficios de las grandes compañías en toda la Unión Europea y dificulta a las instituciones comunitarias obtener los recursos necesarios para hacer frente al gasto imprescindible para encarar la pandemia de Covid-19.

La sentencia del Tribunal General de la UE llega en plena crisis de la economía europea, que amenaza con sufrir un brutal desplome este año por la pandemia, y justo antes del final del verano, tras el que se espera que muchos países empiecen a desmantelar las precarias redes públicas de seguridad construidas para proteger temporalmente a los millones de trabajadores que han visto suspendido su empleo, o que se ven al borde del despido.

Bajo el mandato de Vestager, la Comisión ha conseguido alguna victoria en sus esfuerzos judiciales para desmantelar estos pactos tributarios que amenazan con imposibilitar una Unión Fiscal coherente en Europa. La automovilística Fiat, radicada en Luxemburgo, tuvo que devolver 50 millones de euros. Pero Vestager también ha sufrido sonadas derrotas: la justicia europea rechazó que la norteamericana Starbucks, radicada en Holanda (genuino representante autoelegido de los países “frugales”, partidarios de mayor austeridad en los países del Sur de Europa, y reiterado ejecutor de medidas de dumping normativo frente al conjunto de la Unión) reembolsara 20 millones al fisco. Asimismo, los tribunales también dejaron sin efecto otra resolución de Bruselas que afectaba a 39 empresas belgas.

Mientras el Consejo Europeo se reúne para determinar la cuantía y las condiciones asociadas al fondo de reconstrucción acordado para hacer frente a la brutal devastación económica generada por los confinamientos, la propia existencia de una Unión Europea viable y articulada económicamente se juega en las salas de vista de los tribunales comunitarios. Mientras los países del Norte tratan de atar fuertes condicionalidades a toda ayuda comunitaria a los países del Sur, limitando las transferencias sin contraprestación, fomentando las ayudas en forma de créditos y forzando a que la condicionalidad sea vigilada por la totalidad de los gobiernos y no por los tecnócratas de la Comisión; esos mismos gobiernos “frugales” compiten abiertamente con los del Sur por convertirse en el domicilio fiscal de las grandes transnacionales, aún a costa de provocar el desplome de los ingresos necesarios para los presupuestos públicos de los Estados ambiguamente “unidos” en la alianza comunitaria.

En definitiva, una Unión en la que hay “frugales” paraísos fiscales y “PIGS” desindustrializados y sometidos a una política monetaria diseñada para favorecer la dinámica exportadora alemana, difícilmente puede ser tal. La Unión Europea se juega su existencia en su respuesta colectiva ante la crisis desatada por la pandemia de Covid-19. Eso lo repite todo el mundo. Pero hay que tener en cuenta que dicha respuesta no sólo se hace expresa en los acuerdos relativos a los fondos de reconstrucción que se están negociando, sino que también tiene que ver con las políticas implementadas para construir una Unión Fiscal coherente, un seguro de desempleo comunitario o una armonización de la actividad industrial y tecnológica en todo el amplio territorio comunitario.

Ahora mismo, Europa es incapaz de cobrar impuestos a los grandes conglomerados tecnológicos globales (la famosa “Tasa Google”), por la presión norteamericana. Además, sus países miembros amenazan con lanzarse a una desigual carrera por desarmar sus sistemas fiscales para captar la domiciliación de las multinacionales. No tiene una política industrial coherente que permita generar “campeones” comunitarios en las nuevas tecnologías y articular los territorios diseminando la actividad económica de manera sostenible y armonizada, tanto en el Norte como en el Sur. Tampoco parece capaz de idear mecanismos de salvamento de las empresas estratégicas que no generen nuevas desigualdades internas, ya que la nueva normativa de “nacionalización” de empresas en crisis no limita lo que cada Estado puede dedicar a sus “campeones nacionales”, favoreciendo a los conglomerados de los grandes estados del Norte, que, en un mercado común, recibirán mayores ayudas públicas.

Ante esta brutal contradicción entre necesidades financieras crecientes y recursos, menguantes, la Comisión Europea trata de reaccionar. El jueves 16 de julio presenta un paquete de 25 medidas para la lucha contra la evasión fiscal, que cuantifica en 150.000 millones de euros. En ese texto, amaga un golpe que podría tener algún efecto: dice “estudiar” la posibilidad de activar el artículo 116 del Tratado de la Unión que permitiría aprobar una regulación fiscal mínima y única para todos los Estados miembros, para hacer frente a estructuras societarias que puedan afectar a la competencia en el mercado europeo. Lo importante de la vía del artículo 116 es que dicha regulación podría aprobarse sin necesidad de la unanimidad de los países miembros, así que Irlanda u Holanda, por ejemplo, no podrían, en principio, vetarla.

Europa se la juega en la próxima década. O se transforma en un Estado-Continente viable y articulado y resuelve sus contradicciones geográficas y sociales para hacer frente a las grandes potencias del siglo XXI (China, Estados Unidos, Rusia, India…); o se hundirá en el sumidero de la Historia en una descomposición creciente. La fragmentación de Europa es una posibilidad que las grandes potencias de otros continentes buscan. Pero Europa sólo puede evitarla ella misma, construyendo un espacio federal e integrado, armonizando las economías y las condiciones de vida en todos sus rincones y países, edificando una Europa del trabajo, las libertades y los derechos.

Obviamente, esa Europa del trabajo es lo contrario de la Europa débil, desarticulada e ingenuamente abierta a todos los capitales especulativos mundiales. Europa nunca podrá llegar a ser si su construcción se fía a los manuales del neoliberalismo o a las componendas socioliberales, disfrazadas de keynesianismo vergonzante. Los Tratados que constituyeron la Europa de los mercaderes, al hacerla sólo campo de juego de los flujos financieros globales y no sociedad y economía articulada, condenan a Europa a no llegar a ser.

Europa tiene que inventar un nuevo camino, o implosionar hacia la nada.

Francisca “PACA” Villalba. Abogada

No hace falta compartir las ideas de Paca ni estar de acuerdo con ella en todo, para entender que todo lo hizo por su clase, por su tierra, por su pueblo, por el imperio del Derecho.

Por José Luis Carretero Miramar

Supongo que hablar, en estos días de tempestades sociales, pandemias, hipervigilancia y confinamientos, de Francisca “Paca” Villalba es un asunto peliagudo. Hay mucha gente que, con el tiempo, siente aversión por su propio pasado y, sobre todo, por las gentes que lo poblaron. Hay personas que ahora son importantes y reconocidas (o quizás mejor, reconocibles) y en otros tiempos fueron vagabundos intempestivos, jóvenes airados o sulfurosos adalides del acto de tomarse quizás demasiado en serio eso de arriesgarlo todo, aún teniendo pocas o ningunas posibilidades de vencer. Justo ese tipo de personas eran las que defendía Paca.

No puedo recordar el momento exacto en que conocí a Paca, pero apostaría a que fue en alguna reunión de la Comisión de Penal de la Asociación Libre de Abogados de Madrid, a mediados de los años noventa. Unos conciliábulos bastante públicos, que se celebraban todas las semanas en una de las salas de togas del edificio de los juzgados de Plaza de Castilla. Allí ejercían de arregladores del mundo jurídico, y de defensores de las garantías ciudadanas, muchos de los letrados y juristas más progresistas y, en muchos casos, levantiscos, de la capital. Se podía hablar, y también, dada mi inexperiencia de recién colegiado, pedir consejo, a gentes como Juan Manuel Ruiz Fernández, Endika Zulueta (que en esos momentos defendía a los activistas de gran parte de los centros sociales autogestionados de la ciudad), Amalia Alejandre, Nines Álvarez, José Luis Galán, o el incombustible Jorge del Cura, trabajador de uno de los tribunales del edificio y animador principal de la Asociación Contra la Tortura.

Y allí estaba Paca. Entre letrados socialistas, comunistas, radicales, tibiamente ecologistas o, simplemente, respetuosos con el espíritu garantista de la Ciencia Penal defendido por los mejores juristas desde los tiempos de Cesare Beccaria.

Paca era un torbellino. Activa, incansable, solidaria. Paca era respetada por sus amplios conocimientos jurídicos y por su honestidad, así como por su diáfana tendencia a la bondad interpersonal, a ejercer la amistad y el cuidado de los que nos iniciábamos en la profesión como una especie de deber cívico hecho de ternura y de buen hacer. Paca era, también, legendaria y peligrosa, en el sentido de que, pintada con tenebrosos rasgos sulfurosos por sus críticos, su dinamismo arrollador nos empujaba a todos a estar dos pasos más allá de lo que hubiéramos estado de no haberla conocido. Siempre llegaba con papeles, manifiestos y peticiones para firmar, en defensa de causas no sólo perdidas sino incluso discutibles, que hasta los más moderados leguleyos de la izquierda caviar acababan signando por pura amistad.

Hija de albañil, Francisca Villalba Merino, Paca, fue siempre una defensora acérrima del movimiento obrero mas rupturista e insurgente. También fue una china en el zapato de la gestión corporativista, opaca y conservadora del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid. Poco después de colegiarse fundó el Grupo de Abogados Jóvenes y se convirtió en una de las principales animadoras de la Asociación Libre de Abogados. Una celebérrima huelga de hambre en las instalaciones del Colegio la hizo famosa entre los letrados más jóvenes.

Paca ejerció de letrada pro bono de los presos comunes que denunciaron las torturas sufridas en la cárcel de Herrera de La Mancha, en uno de los episodios más polémicos de la Transición. Se convirtió, también, en una habitual en los procedimientos abiertos en la Audiencia Nacional contra los militantes del GRAPO y del PCE (r), actuando de negociadora en la huelga de hambre implementada por los presos de dichas organizaciones contra el aislamiento penitenciario. Todo ello le llevó a convertirse en uno de los pilares fundamentales de la Asociación Contra la Tortura (ACT) y a ser una de las impulsoras de la acusación popular contra el terrorismo de Estado de los GAL. Creó, también, la Coordinadora de Abogados Laboralistas, y dirigió su revista “Gaceta Obrera”, como especialista comprometida con el Derecho del Trabajo.

Paca, ya lo he dicho, era amistosa y solidaria. Por eso defendió, un día que yo estaba enfermo, a una de mis clientas, acusada de un extemporáneo cargo de “propaganda ilegal” por portar varios fanzines punks, probablemente dedicados al veganismo y la visión más individualista del anarquismo. Por supuesto, no me dejó pagarle su parte de la minuta. Por eso, también, más allá del sectarismo político habitual en la izquierda extramuros, se puso más de una vez la toga para defender a cenetistas, militantes de la autonomía juvenil, antimilitaristas y todo tipo de elementos estrafalarios de los movimientos sociales del Madrid de los noventa.

Por eso, también, la acompañé, junto a otros letrados jóvenes y muy conocidos, un día bajo los puentes de la zona más castigada del Manzanares, en busca de testigos que desmintiesen que su cliente del turno de oficio, un “sin techo” que dormía al calor del ronroneo del río, había asesinado a otro indigente. Lo conseguimos: tras mucho vagar por la rivera devastada y preguntar insistentemente a sus pobladores, aún más devastados por la droga, el abandono o la miseria; encontramos a quien había visto lo necesario para la absolución. Esa era Paca entrando acción: el bienestar de sus clientes y la defensa de las garantías democráticas básicas para que el sistema penal no se lo trague todo, eran los centros magnéticos de su vida.

Paca falleció el 20 de julio de 2002, a sus 53 años, por la mala obra de un cáncer que no se pudo curar. El mismísimo Baltasar Garzón, que entonces era el juez estrella del planeta Tierra, me abordó aquellos días para interesarse por su salud, en las cercanías de la Audiencia Nacional. Paca era demasiado joven, demasiado fuerte, demasiado vital para derrumbarse. Demasiado querida para no ser llorada. Su entierro congregó a cientos de personas entre las que se contaron abogados de todas las tendencias políticas, algún juez, activistas, militantes, perseguidos, jóvenes nómadas y, sobre todo, obreros y obreras.

No hace falta compartir las ideas de Paca ni estar de acuerdo con ella en todo, para entender que todo lo hizo por su clase, por su tierra, por su pueblo, por el imperio del Derecho. Pero del Derecho entendido como una herramienta de defensa de la justicia y del amparo de los débiles, los olvidados, los oprimidos, los explotados. Equivocada o no, Paca vivió su vida con la intensidad de una apuesta completa, de una dádiva absoluta.

Una buena abogada penalista siempre defiende al hombre más malo del mundo. Y lo hace porque todos y todas necesitaremos la mejor defensa jurídicamente posible cuando la injusticia, el abuso de poder o el error pronuncien nuestro nombre.

José Luis Carretero Miramar

Estados Unidos amenaza con una guerra comercial a Europa por la “tasa Google”

Por José Luis Carretero Miramar – 24/06/2020

El presidente norteamericano, Donald Trump, ha dado la orden de que su país se retire de las negociaciones iniciadas en la OCDE para la aprobación de una tasa internacional a las multinacionales.  Estas negociaciones eran la alternativa que el propio presidente estadounidense había ofrecido a la aprobación, por parte de la Unión Europea, de una tasa continental a las grandes tecnológicas, la llamada “Tasa Google”. Pocos días antes, la Oficina de Comercio de Estados Unidos ha decidido abrir una investigación contra los países europeos (entre ellos, España) que tienen previsto poner en marcha su impuesto propio sobre las grandes tecnológicas en los próximos meses.

Suenan tambores que anuncian una nueva guerra comercial en la Administración norteamericana. Pero en esta ocasión las hostilidades pueden no dirigirse contra China, con la que se han destensado las relaciones en los últimos meses, a la espera de ver si se cumple el acuerdo bilateral que puso fin, de manera momentánea, al enfrentamiento entre las dos grandes potencias de nuestro tiempo. La nueva guerra comercial iniciada por la Administración Trump puede ser una guerra contra la Unión Europea.

Donald Trump está en una situación política delicada. Se enfrenta a unas nuevas elecciones presidenciales el 3 de noviembre, en las que no parece todavía claro quien va a ser el ganador. Trump puede estar ganando la batalla de la financiación de la campaña. Ha obtenido ya 325 millones de dólares para su campaña electoral, mientras su oponente, el demócrata Joe Biden acumula sólo 260 millones. Cuenta con el apoyo de una parte importante de la élite: desde el millonario de los casinos Sheldon Adelson , al presidente del fondo de inversión Blackstone, Stephen Schwarzman , pasando por el fundador de Oracle, Larry Ellison y el magnate del petróleo Harold Hamm. Pero Biden no es tampoco un candidato marginal: le apoyan públicamente casi 100 milmillonarios, desde el consejero delegado de Netflix, Reed Hastings, hasta el fundador de Linkedin, Reid Hoffman.

Trump tiene dos problemas fundamentales para ganar. Por un lado, la situación económica norteamericana, sacudida por la pandemia de Covid-19. Pese al colapso derivado de los confinamientos, que provocó un alza del desempleo como no se había visto desde 1948, lo cierto es que los últimos datos económicos, así como el comportamiento de la Bolsa de Wall Street, junto a las medidas tomadas por la Reserva Federal, dan munición para que el presidente mantenga la esperanza en una rápida y fuerte recuperación. Está por ver qué ocurre si esta se frustra por una segunda oleada de la pandemia, justo al inicio del otoño, muy cerca de la campaña electoral.

Por otro lado, Trump se enfrenta a una situación de conflicto social creciente. Las movilizaciones que se han sucedido tras el asesinato del ciudadano negro George Floyd aún no se han apagado. Y Trump ha seguido alimentándolas con declaraciones incendiarias que buscan polarizar a sus bases más reaccionarias. Los enfrentamientos callejeros han sido los más graves desde los años sesenta. Trump parece ver en ellos la oportunidad de una nueva vuelta de tuerca en la estrategia autoritaria, punitivista y securitaria iniciada con la aprobación de la Patriot Act tras los atentados del 11-S. Pero el colchón social de los movimientos en la calle es muy amplio y su criminalización se muestra problemática. La radicalización del conflicto puede movilizar a una parte de las bases republicanas tras las consignas de “Ley y Orden”, pero también puede enajenar el apoyo a Trump de los sectores más moderados de la derecha, hartos de tanta agitación.

La Unión Europea, por su parte, se enfrenta a una grave crisis, que sólo se puede solucionar con una deriva constituyente decidida. Las tensiones internas de la Unión están llegando a un punto peligroso, tras el golpe sufrido por la salida de Reino Unido de los Tratados. La pandemia de Covid-19 ha empujado a Europa a una situación extrema: o decide implementar una política federalista de construcción de las instituciones comunes (la Unión Bancaria, el presupuesto único, la unidad fiscal, la defensa unida, etc.) que la pueden convertir en un Estado-Continente viable en medio de un mundo cada vez más multipolar; o las contradicciones (Norte-Sur, Este-Oeste…) se irán acumulando hasta producir una previsible implosión de la Eurozona, que podría llegar a ser caótica.

El fuerte impacto de las políticas de austeridad puestas en marcha para detener la crisis del 2008 en la Unión Europea ha desequilibrado las cuentas públicas de algunos de sus Estados más importantes. Europa nació neoliberal, según los propios tratados constitutivos, pero el peso de deudas públicas cada vez más insostenibles (como la italiana o la española), junto a la degradación de los modelos productivos de los países del Sur por la desindustrialización de las últimas décadas, lleva a los gobiernos a intentar encontrar nuevas vías de financiación.

Así que los fiscalistas que asesoran a los gobernantes europeos han decidido ensayar nuevas alternativas para aumentar los presupuestos públicos, sin dañar en demasía la actividad económica en el continente. Una de las posibilidades es, precisamente, actuar sobre los mecanismos de ingeniería fiscal que permiten a las grandes multinacionales globales operar en suelo europeo sin pagar apenas impuestos.

Las grandes tecnológicas globales son, pues, un candidato ideal para convertirse en objetivo de un nuevo impuesto. La llamada “Tasa Google” mata varios pájaros de un tiro: permite aumentar los ingresos públicos evitando los ingeniosos mecanismos que las grandes transnacionales usan para evitar contribuir en los países en los que operan (la domiciliación en determinados países, provocando fenómenos de “dumping fiscal”; el recurso a los “paraísos fiscales”; el arbitraje con las divisas…). Y, al mismo tiempo, podría funcionar como un mecanismo proteccionista que ayudase a la emergencia de empresas tecnológicas europeas, en un momento en que la Unión está perdiendo claramente la pugna por los mercados tecnológicos globales y por la innovación productiva del futuro.

Pero las grandes tecnológicas son fundamentalmente norteamericanas. Y Estados Unidos ha dejado ya claro que no está dispuesto a que sus grandes transnacionales paguen impuestos en Europa. Al conocer el proyecto francés de “Tasa Google”, Trump implantó hace algunos meses fuertes aranceles contra los productos galos. Poco después, ofreció una especie de alternativa: la firma de un acuerdo internacional, en el seno de la OCDE, para gravar con un impuesto global a las multinacionales de cualquier sector, no sólo las tecnológicas. Esas negociaciones son, precisamente, las que Trump, acuciado por la necesidad de dar golpes de efecto ante su próxima campaña electoral, ha hecho naufragar ahora.

La ministra española de Hacienda, María Jesús Montero, respondió a la carta del secretario del Tesoro norteamericano, en la que le anunciaba el abandono de las negociaciones en la OCDE, con las siguientes palabras: “La Unión Europea en su conjunto no va a aceptar ningún tipo de amenaza”.

El gobierno español tiene razones para estar preocupado. España ha aprobado ya una tasa a las tecnológicas que realicen actividades de intermediación y compraventa de datos o publicidad on-line, con una facturación global de más de 750 millones de euros, de los que más de 3 millones han de haberse obtenido en territorio nacional. El cobro del impuesto, sin embargo, ha sido suspendido hasta diciembre, con la esperanza de que en ese tiempo se puedan cerrar las negociaciones ahora rotas en la OCDE sobre una tasa internacional a todas las multinacionales. Alemania, sin embargo, con múltiples y fuertes lazos comerciales con los norteamericanos y con continuos superávits en sus finanzas públicas, se muestra acomodaticia, intentando rescatar las conversaciones que eviten una “Tasa Google” europea.

La tensión sube. Trump puede estar tentado de abrir una nueva guerra comercial. No en vano muchos de sus movimientos de los últimos años, han ido encaminados, aún indirectamente, a debilitar a la Unión Europea, como los encaminados a la desestabilización continua e interminable del Magreb y de Oriente Medio, el intento de veto del oleoducto Nord Stream II, que llevará el gas ruso a Alemania, o el continuo intento de enfrentar a Europa con su vecino euroasiático.

Trump ha decidido usar las guerras comerciales donde sus antecesores recurrían, muchas veces, a los cañones y a los bombarderos. Pero también ha decidido iniciar dichas guerras contra sus más directos competidores, sin ninguna contemplación, sin respetar las viejas alianzas ni las reglas de los viejos consensos internacionales. En las guerras siempre sufren los pobres. No nos engañemos. En las guerras comerciales también.

Europa tiene, pues, una razón más para decidir si desea ser una alternativa económica y política global, o una amalgama en decadencia de gobiernos que se odian en un continente plagado de desequilibrios y tensiones. Las clases dirigentes de los llamados “países frugales” y de Alemania deberían atender a los signos de los tiempos. O hay una Europa funcional y federal, con una economía integrada y equilibrada e instituciones democráticas comunes, o el caos y las grandes potencias de un mundo en crisis se tragarán codiciosamente el llamado “sueño europeo”.

DOSSIER | Coronavirus y lucha de las clases en la España del confinamiento

Por José Luis Carretero Miramar | Secretario General de la Confederación Sindical Solidaridad Obrera y miembro del Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión (ICEA)

http://autogestionrevista.com.ar/index.php/2020/06/16/dossier-coronavirus-y-lucha-de-las-clases-en-la-espana-del-confinamiento/

Dossier “La clase trabajadora y la autogestión en la pandemia mundial”: Continuamos publicando esta serie de análisis y reflexiones sobre el impacto de la pandemia de COVID-19 sobre la clase trabajadora y las experiencias de autogestión, que iniciamos con la nota de Gigi Malabarba sobre Lombardía (Italia). En este artículo, José Luis Carretero Miramar reflexiona sobre las consecuencias del confinamiento y la pandemia en el estado español.  

La pandemia de coronavirus se ha convertido en una gran bifurcación histórica para la monarquía española. En más de un mes de confinamiento, la sociedad española ha encarado una gigantesca crisis sanitaria y social, que puede hacer emerger un escenario inédito en lo político.

España afronta la epidemia con un sistema sanitario degradado y al borde del colapso. Décadas de recortes, de cierre de centros de salud y de privatización y externalización de los servicios sanitarios o los servicios auxiliares de los hospitales, están pasando su factura. Cuando el brote de coronavirus comienza, a principios de marzo, el Sistema Público de Salud de la Comunidad de Madrid tiene cerca de dos mil camas hospitalarias y más de mil trabajadores sanitarios menos que diez años antes. Frente a las más de quinientas plazas en unidades de cuidados intensivos por cada cien mil habitantes de Alemania, la salud pública española no llega siquiera a las doscientas. Más de un treinta por ciento de los trabajadores de los servicios de salud son contratados temporales, muchos de ellos en claro fraude de ley. El sistema sanitario español, definido por los medios de comunicación acomodaticios con el Régimen como “la joya de la corona” de la monarquía hispánica y “la mejor Sanidad del mundo”, no puede hacer frente a la pandemia.

Durante varias semanas, los hospitales colapsan. Los trabajadores sanitarios no disponen de medios de protección y no hay respiradores ni unidades de cuidados intensivos para todos los pacientes que los necesitan. Los propios sanitarios se convierten en el principal grupo de personas infectadas, junto a los ancianos de las residencias de personas mayores que han sido también privatizadas en las últimas décadas, que mueren por millares. Los sanitarios que dan positivo a los test de coronavirus son obligados a volver a atender a pacientes una semana después, pese a que existe la posibilidad de que sigan contagiando. No hay recursos como respiradores, mascarillas, batas, cascos con pantallas, ni tampoco una industria nacional que los fabrique. Las primeras semanas cunde el caos.

Pero el caos en el sistema productivo es aún mayor. Las medidas de confinamiento y la consiguiente parálisis económica conllevan más de un millón de despidos. Cerca de 500.000 empresas presentan Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE), que permiten suspender las relaciones laborales de más de cuatro millones de trabajadores, y que los trabajadores suspendidos pasen a cobrar la prestación por desempleo (cerca de un 70 % del salario anterior). Los autónomos (trabajadores independientes no asalariados) y las pequeñas empresas tienen que paralizar en masa sus actividades y pasar a obtener magros ingresos públicos, en un modelo económico basado fundamentalmente en la hostelería y el turismo (juntos representaban cerca del 30 % del PIB), dos actividades que no pueden seguir funcionando durante el confinamiento. Los trabajadores informales (trabajadoras sexuales, trabajo sumergido en la hostelería o el turismo, operarios de pequeñas reformas en la edificación, vendedores ambulantes, etc.) y las personas que están en situación de marginalidad o sin hogar, pasan a depender directamente del funcionamiento de los Bancos de Alimentos de la Iglesia, los municipios o los movimientos sociales que, además, interrumpen en muchos casos su funcionamiento durante el plazo de confinamiento más estricto.

Un pequeño ejemplo puede servir para resumir lo que el neoliberalismo conlleva al calor de la pandemia y cómo las élites políticas del régimen tratan de convertir la crisis en “oportunidad”. Al cerrar los centros educativos, la Comunidad de Madrid decide que los niños que reciben becas de comedor, pertenecientes a familias de bajos ingresos que sólo cobran la Renta Mínima de Inserción (una prestación pública insuficiente), tengan acceso, en lugar de a los comedores escolares, a determinados productos de conocidas franquicias como Rodilla o TelePizza. Una alimentación insuficiente, caótica desde el punto de vista nutricional, y que obliga a las familias a ir a buscarla a los locales de las franquicias y a identificarse delante los empleados de estas.

Lucha de clases en los centros de trabajo.

Mientras tanto, las tensiones en los centros de trabajo se vuelven en muchos casos explosivas. Las empresas que siguen abiertas intentan por todos los medios seguir trabajando sin las condiciones de seguridad y protección necesarias. En muchos sitios no hay guantes, mascarillas o geles desinfectantes para los trabajadores. Tampoco hay medidas específicas para el personal especialmente sensible (diabéticos, hipertensos, personas con afecciones respiratorias, inmunodeprimidos, etc.). El conflicto se establece en torno a las medidas de seguridad que se han de aplicar. Los trabajadores reclaman no arriesgar sus vidas, y los patronos persiguen la continuidad del proceso productivo pese a todo.

Nos lo cuenta Antonio Rus, delegado encargado de la prevención de riesgos laborales en la sección sindical de Solidaridad Obrera en el Metro de Madrid:

“Está costando mucho avanzar. Van tomando las medidas de prevención con cuentagotas y no terminan de ponerlas en marcha. Cuando creemos que hemos conseguido algo, a los dos o tres días vemos que no se hace. Se han reunido todos los sindicatos y han planteado algunas reivindicaciones, principalmente rebajar el servicio (dejar sin personal la mitad de las estaciones), también que nadie abandonara su tren durante el día. La empresa les propone dejar sin personal 100 estaciones. La gente que se queda en casa, se queda, pero a los demás les están llamando a cubrir otras estaciones, con lo que no se rebaja tanto el peligro para la plantilla, el impacto de la medida no es tan grande como se esperaba. Siguen faltando mascarillas. Hay gel, pero a veces no lo llevan a los puestos de trabajo hasta que insistimos. Reclamamos que en mantenimiento sólo se haga lo urgente. Hay más de 1400 afectados, 3 fallecidos y 104 positivos confirmados entre la plantilla”.

Nos lo indica, también, Fermín Hernández, del Sindicato del Agua de Alicante de Solidaridad Obrera:

“En algunas depuradoras hay turnos de 24 horas, durmiendo los trabajadores en una roulotte. Hay coacciones por todos lados. En Helados d´Alacant hubo que llamar a la policía porque estaban trabajando sin ninguna posibilidad de prevención, a 40 cm unos de otros. Después, la dirección ha instalado mamparas y se han puesto turnos en el vestuario.”

En sectores especialmente precarizados, como el Telemárketing (venta telefónica) la situación se vuelve especialmente brutal: en los calls centers, en gigantescas naves, trabajan cientos de trabajadores, unos al lado de los otros, compartiendo micrófonos, teclados o auriculares. Sin gel desinfectante, guantes o mascarillas. Sólo la presión de los trabajadores organizados consigue que las cosas mejoren y que una importante parte de la plantilla pase a realizar teletrabajo, pero, eso sí, usando muchas veces sus propios medios tecnológicos (ordenador, conexión a internet) y sometiéndose a un control reforzado de la empresa, que desconoce el recién declarado (que no regulado) derecho a la desconexión digital que establece la Ley de Protección de Datos española.

Un elemento importante, por lo que permite hacer visible, en este proceso de lucha de clases, es la posibilidad admitida por la Ley de Prevención de Riesgos Laborales española de paralizar, por parte de los representantes sindicales o la inspección de trabajo, la actividad productiva ante un riesgo grave e inminente contra la salud de los trabajadores.

Es así como se paraliza la actividad en la planta de la Mercedes Benz en Vitoria, o como se puede forzar a algunas concesiones a Konecta (la empresa más grande de contact center del Estado Español). En Konecta, donde la dirección empresarial adopta una posición marcadamente intransigente frente a las reivindicaciones obreras de seguridad, amparándose en la competencia global en un proceso productivo que “se puede desempeñar desde cualquier sitio”, los sindicatos más combativos consiguen que la inspección de trabajo ordene la paralización de las actividades. La orden no es respetada por la empresa, que actúa con absoluta impunidad, pero la presión constante le obliga a recurrir masivamente al teletrabajo y a mejorar sustancialmente las condiciones sanitarias en las plantas madrileñas.

Otro elemento importante es la persistencia y crecimiento, en los últimos años, de una amplia variedad de organizaciones del sindicalismo de combate en el Estado Español. Aunque estas organizaciones no confluyen en espacios unitarios y muestran una gran dispersión y fragmentación organizativa e ideológica (distintas familias marxistas o anarcosindicalistas, nacionalistas de todas las nacionalidades ibéricas, cristianos de base, organizaciones corporativas, etc.) el hecho de que puedan disfrutar de personalidad jurídica propia y espacios de representación autónoma les permite soslayar y desbordar, en muchos centros de trabajo, a los aparatos del sindicalismo mayoritario (CCOO y UGT). Un sindicalismo mayoritario centrado en la gestión coordinada con las direcciones de empresa de la situación, y en la puesta en marcha de los ERTE (suspensiones de los contratos con derecho a la prestación de desempleo) como única alternativa. Una alternativa, por cierto, que representa un magnífico proceso de socialización de las pérdidas, después de más de una década de extendida privatización de todos los beneficios sociales.

La odisea de la economía social

Por supuesto, la pandemia impacta también con brutalidad en el desempeño de las organizaciones cooperativas y de las empresas de la economía social en el Estado Español. Nos lo cuenta Adrián Battaglia, coordinador de la secretaría técnica de la sección Madrid de Coop 57, la principal cooperativa de crédito del Estado, que financia en gran medida las iniciativas de la economía social española:
“Hay mucha incertidumbre. Hay entidades bastante golpeadas porque han tenido que paralizar su actividad económica (formación, restauración, alimentación…). No pueden asumir los costes fijos porque no tenían colchón para poder aguantar y no saben si podrán volver a abrir.

Actividades semiparalizadas que tenían contrataciones que están en la incertidumbre de ver cómo se resuelven. Entidades que tienen contratos con la Comunidad de Madrid, y este organismo público va a ajustar los proyectos con quitas a lo que iban a cobrar las entidades, que no saben si pueden reducir costes.”

Battaglia nos indica, también, que las ayudas públicas “no están llegando a las entidades más pequeñas y débiles, sólo a las grandes y medianas. Las ayudas del Instituto de Crédito Oficial se agotan enseguida. El primer tramo era de 20.000 millones de euros y en 24 horas se solicitaron más de 50.000. Las ayudas las gestionan los grandes bancos, en función de su cuota de mercado. Las entidades más pequeñas no obtuvieron nada del primer tramo. Esas ayudas ya tenían nombres y apellidos, estaban destinadas a proyectos de gran envergadura.”

Coop 57, una cooperativa de crédito que agrupa a más de 1000 entidades de la economía social, nos cuenta Battaglia “está dando carencias a sus socios deudores de más de tres meses, durante los que sólo se cobran los intereses, no el capital del préstamo. También se están buscando alianzas con entidades públicas o privadas que puedan respaldar (mediante avales o mecanismos semejantes) a quienes entren en impago o a quienes pidan nueva financiación. No queremos dejar de financiar a la economía social, pero el cálculo de lo que es viable ha cambiado. No podemos, tampoco, pasar a ser nosotros los que no seamos viables en un futuro próximo.”

Fernán Chalmeta, trabajador de la librería Traficantes de Sueños, una institución decana en la economía social madrileña, nos cuenta también que:

“La situación es bastante preocupante. La ESS es muy variada. La madrileña está centrada en los sectores de servicios. No hay apenas empresas industriales. Y, en gran medida, está paralizada. En el sector del libro la situación es infernal: esto ha venido en el peor momento, cuando se iban realizar las Ferias de Libro en la mayoría de las ciudades del Estado. Pese a ello, hay campañas de autoorganización de los movimientos sociales que llaman a no pagar el alquiler y a presionar por un Plan de Choque con medidas sociales. Al figurar como trabajadores asalariados muchos cooperativistas y empleados de la ESS (pero no todos, la legislación permite que los cooperativistas figuren como trabajadores autónomos) han podido presentarse a ERTEs y están cobrando el desempleo.”

Por su parte, Anna Abellán, coordinadora del Ateneu Cooperativo del Barcelonés Nord y socia trabajadora de la cooperativa La Sargantana de Barcelona, nos indica que:

“La afectación a las cooperativas pequeñas es muy grande. Hay pocas que estén continuando la actividad. La Xarxa de la Economía Solidaria (XES) ha creado un comité de crisis para ayudarlas. También quieren crear un fondo común de contingencia. Alguna cooperativa ha cambiado su actividad para hacer mascarillas. Y hay otras iniciativas sociales: las Mujeres P’alante (un grupo feminista) han constituido un Banco de Alimentos para las mujeres cuidadoras. También está cogiendo fuerza el tema de la agroecología y estamos tratando de detectar y poner en contacto a los grupos de consumo y facilitar su producción y venta”.

En algo están de acuerdo Adrián Battaglia, Fernán Chalmeta y Anna Abellán: “no hay ninguna medida pública concreta para el sector de la economía social y solidaria”. Abellán nos dice: “las medidas, que son para todo tipo de empresas, son cortas, consisten en créditos y no en facilidades de tesorería y no van dirigidas al medio plazo sino al corto”. Adrián, termina la conversación con estas indicaciones:
“Es una situación bisagra. Es una oportunidad para que la gente empiece a ver que hay otros modelos de hacer economía y que existen otras formas de generar, a nivel local, relaciones económicas, sociales, culturales, que pueden poner a las personas en el centro, y que cuiden tanto el tema medioambiental como el tema de género”.

Los derechos civiles, en peligro

La declaración por el gobierno del Estado de Alarma constitucional, junto a las diversas medidas que se proponen desde diversos estamentos mediáticos y empresariales para el proceso de desescalada del confinamiento, pone también en cuestión la estructura de los derechos y libertades democráticas que nos ofrecía el pensamiento jurídico liberal como modelo.

En primer lugar: el Estado de Alarma constitucional no habilita a los poderes públicos, según la misma literalidad de la Carta Magna española, para llevar a cabo muchas de las limitaciones de los derechos civiles operadas en las últimas semanas, según han afirmado reiteradamente numerosos juristas progresistas. Las medidas tomadas más parecen asemejarse a las de un Estado de Excepción constitucional, más vinculado con un gran desorden político-social que con una situación de emergencia sanitaria.

Esta perspectiva se ve avalada por la creciente ubicuidad de los representantes de las fuerzas armadas y de los cuerpos policiales en el escenario público y en las ruedas de prensa del gobierno. El recurrente mensaje gubernamental de que nos encontramos ante “una guerra”, en la que tenemos que “tener disciplina”, aún absurdo desde el punto de vista sanitario, se ve poderosamente reforzado por el hecho de que son mandos uniformados quienes lo trasladan, entre una exuberante farfolla pseudo-patriótica y belicista, a la población.

Junto a ello, una creciente marea mediática animada desde medios gubernamentales lanza reiterados globos sonda sobre la posibilidad de implementar mecanismos de censura que puedan hacer frente a los “bulos” o fake news. El hecho de que muchas de estas informaciones tergiversadas o, simplemente, auténticas falsedades, hayan sido fomentadas por sectores cercanos a la ultraderecha, no nos debe hacer olvidar que, en gran medida, lo que se pretende es silenciar a futuro todo discurso no normalizado desde arriba. El día 18 de abril, el Jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil (un cuerpo militar que ejerce labores de policía, incluso en la situación de normalidad, en gran parte del territorio nacional), José Manuel Santiago, afirma sin ruborizarse en la rueda de prensa diaria del gabinete de crisis del gobierno, que dicho cuerpo trabaja para: ”Por un lado, evitar el estrés social que producen estos bulos, y por otro, minimizar el clima contrario a la gestión de crisis por parte del Gobierno.”

El desarrollo de aplicaciones que garanticen la geolocalización de los ciudadanos o de mecanismos que permitan a las empresas conocer y almacenar datos de los trabajadores que se corresponden con su intimidad (como, por ejemplo, su estado de salud o el de sus familiares) tiende, también, a ser legitimado a marchas forzadas en la actual situación. La ubicuidad del control informático, que incluye datos biométricos, sanitarios, geolocalización y control de los discursos “desviados” en las redes sociales, constituirá un elemento central de la nueva situación que se abrirá tras el confinamiento. El conflicto acerca de los límites y la regulación que pueda imponerse a la vigilancia permanente de la clase trabajadora por vía telemática, será también un elemento fundamental de las batallas futuras.

Como afirma Francisco García Cediel, abogado madrileño vinculado desde hace décadas con los movimientos sociales y representante jurídico del sindicato Solidaridad Obrera:

“Todo esto constituye un experimento bastante peligroso de control social, muy susceptible de una utilización perversa de los instrumentos que se le están dando al Estado, como la posible geolocalización de la población. Además, se culpabiliza a la ciudadanía de la gravedad de la pandemia, que es producto del proceso de desmantelamiento de la sanidad pública en las últimas décadas, y a la que sólo se puede hacer frente mediante la defensa y refuerzo de los servicios públicos.”

Perspectivas de futuro

De cara al futuro debemos tener en cuenta las numerosas transformaciones que se van a producir en el escenario sociolaboral y político español. Transformaciones que pueden generar dinámicas como las siguientes:

Los ERTEs, con el reinicio de actividades en un escenario de caída del PIB que puede ser cercana al 10% y de absoluto colapso del turismo y la hostelería, se convertirán en muchos casos en EREs (despidos colectivos) y, junto al ataque patronal generalizado a las condiciones de trabajo (los gurús liberales ven la crisis como una “oportunidad”), generarán una situación social sin precedentes. La situación de los parados, trabajadores informales y otros trabajadores en situación de vulnerabilidad que necesitan a los Bancos de Alimentos y otros organismos de apoyo mutuo obrero para poder sobrevivir y que no pueden hacer frente a los gastos de vivienda se volverá extrema. Y constituirán un sector creciente de la población.

La pandemia no va a ser vencida fácilmente. Las tensiones por las condiciones de seguridad en el trabajo continuarán. La expansión de los medios telemáticos de control de la enfermedad (y de los trabajadores) generará nuevas líneas de conflicto. La contradicción fundamental del modo de producción capitalista entre la dinámica de acumulación del capital y la necesidad de fuerza de trabajo viva, estructurará gran parte de las tensiones y luchas entre Capital y Trabajo, en un escenario de revolución tecnológica, automatización creciente y biopoder extendido sobre el conjunto social, pero también de desvelamiento para amplias capas de las clases populares de la radicalidad de las consecuencias de dicha contradicción.

Todo ello pone sobre la mesa la importancia estratégica de la Sanidad Pública como elemento imprescindible para la supervivencia obrera, en un momento en que la pandemia va a tardar en ser controlada definitivamente, así como la importancia de la defensa de los servicios públicos (educación, servicios sociales, seguridad social) en un escenario de alta deuda pública y posibles rescates condicionados a planes de ajuste de la UE o el FMI.

Además, las tensiones crecientes en el seno de la Unión Europea, en torno a la necesidad de que los países del Norte contribuyan a la reconstrucción de la economía de los países periféricos sin las salvajes condicionalidades que se le impusieron a Grecia en la anterior crisis sistémica, pueden llevar a una definitiva implosión de la Eurozona. Mientras en el Banco Central Europeo se hacen cada vez más audibles las voces que llaman a constituir un “Banco Malo” comunitario (y realizar un rescate público de las entidades financieras del continente), toda propuesta de implementar los llamados “eurobonos” que permitan financiar el gasto social a los países de la Periferia mutualizando la deuda, son airadamente respondidas por las élites nórdicas. Mientras el BCE lanza una línea de 750.000 millones de euros para comprar deuda de las entidades financieras y de las grandes empresas comunitarias, toda posibilidad de poner en marcha un seguro de desempleo o una renta vital mínima a nivel continental se ven eternamente aplazadas. En estas condiciones, gran parte de la clase política y de los medios de comunicación de los países del Sur de Europa sienten una creciente tentación de externalizar las tensiones, culpando a la UE de todos los males. Incluso de su propia mala gestión.

La emergencia de las nuevas tecnologías y su creciente importancia en el mundo productivo y para el control social (blockchain, Big Data, 5G, IoT, etc) representa también un elemento importantísimo a tener en cuenta. Hemos hecho el experimento social de teletrabajo más masivo de la historia. Y lo hemos hecho, además, sin tener en cuenta en modo alguno las regulaciones que pudieran limitar sus efectos más lesivos (como la referida al derecho a la desconexión digital o la dedicada a la protección de los datos de los trabajadores). La innovación tecnológica va a ser presentada como la panacea en la arquitectura del nuevo mundo. Las contradicciones que siempre la han rodeado, como su potencia radical para construir un mundo de autogestión del trabajo gracias a la participación remota, a la cualificación del trabajo, y a la distribución masiva de la información, pero también su posible utilización para la vigilancia permanente de la insurgencia obrera o de los “comportamientos desviados” en un Gran Hermano virtual, serán contradicciones y líneas de conflicto esenciales en el futuro previsible.

También lo será la creciente deriva autoritaria y el proceso ya iniciado de limitación de las libertades civiles y los derechos democráticos (manifestación, asociación, libertad de expresión, etc.). Máxime si las élites españolas llegan finalmente a unos “nuevos pactos de la Moncloa” que traten de cerrar el espacio social para todo discurso desde fuera del “consenso”, intentando perpetuar el régimen monárquico por la vía de un gobierno de concentración o un pacto parlamentario sobre los elementos esenciales de la política futura.

La crisis va a durar al menos un par de años. La situación de “normalidad” caótica del capitalismo no va a volver hasta que haya una vacuna e, incluso en ese caso, es posible que la crisis económica derivada de la situación se alargue durante más tiempo.

En este escenario, el objetivo estratégico fundamental de un movimiento revolucionario de los trabajadores, en medio de un conflicto social creciente, como afirmaba en su momento Abraham Guillén, ha de ser ganar población (simpatías y apoyos concretos entre la población trabajadora) y no tanto conseguir territorios (geográficos o institucionales), recursos materiales o puestos de poder. Por decirlo telegráficamente: los elementos esenciales a tener en cuenta desde el punto de vista estratégico para este período son las personas, las ideas y las máquinas, pero precisamente en ese concreto orden de importancia. Primero las personas. Primero los trabajadores. Las ideas son importantes, pero poner por delante las personas implica abandonar determinados dejes sectarios y dogmáticos y utilizar las ideas para formar y empoderar a las personas. Tenemos que centrarnos en el aspecto útil de las ideas para las personas. Ser útiles para los trabajadores.

En nuestra situación, es mucho más importante ser capaces de aprender de un escenario que es radicalmente nuevo, que repetir acríticamente las “Verdades Reveladas”. El movimiento de los trabajadores debe ser un movimiento que aprenda, que se dedique a aprender colectivamente. En este escenario complejo, cambiante y radicalmente transformado, va a ser mucho más importante acumular conocimiento, información y formarnos que acumular dinero en las cuentas o que respetar los mandamientos de ninguna secta ideológica.

Otro elemento importante en un escenario de cuarentenas y limitaciones al contacto entre las personas va a ser la conectividad. Tenemos que desarrollar nuestras redes sociales, pero no sólo las virtuales, también las físicas y afectivas. El elemento principal ahora ha de centrarse en el apoyo mutuo y el aprendizaje colaborativo en la nueva situación. Una situación en la que nunca antes se ha encontrado la especie humana en su conjunto.

Personas y conectividad significa tejer redes, ampliar espacios, construir trama en las clases populares. Como decía el anarquista catalán Antonio Pellicer en Argentina, en 1900: “no hay cosa alguna, desde lo infinitamente pequeño a lo inmensamente grande, que no signifique asociación de esfuerzos, organización de elementos, fuerza”.

Y, como decía también Félix Carrasquer, intelectual libertario y maestro de la Escuela del Militante de la CNT de Monzón, en la Guerra Civil española: “optimismo intransigente”. No podemos dejar que los trabajadores apuesten por la tentación de la muerte, el odio a sí mismos, y el pesimismo, que están en el núcleo del pensamiento fascista. En medio de este gran sufrimiento, se abren espacios a una gran transformación que va a suceder sí o sí. Lo que está en cuestión es hacia dónde la vamos a hacer dirigirse entre todos y todas.

Recordemos las enseñanzas de Mao y los revolucionarios chinos: todas las ideas a favor del pesimismo, la pasividad, la inercia o la complacencia son erróneas. El camino va a ser muy sinuoso y pedregoso, muy difícil y doloroso, pero de esto podemos salir reforzados como clase. Y lo vamos a hacer.