Anarcosindicalismo

Me presento por Solidaridad Obrera principalmente para apoyar una forma de entender y practicar el sindicalismo que coincide en gran medida con mis planteamientos al respecto.

El anarcosindicalismo implica, como su nombre indica, la manera óptima de organización clasista, de resistencia primero y transformación después, al margen de partidos o grupos de presión que manipulen y encaucen la lucha obrera hacia sus propios intereses, como, desgraciadamente, ha ocurrido tan a menudo.

La autonomía de las secciones y sindicatos que componen Solidaridad Obrera; su funcionamiento asambleario, que permite la libre participación constante de todos los afiliados en las decisiones; la rotación generalizada de los delegados, que dificulta la constitución de grupos de compañeros “profesionalizados” en la actividad sindical. Todo ello, y más de lo recogido en nuestros estatutos, conlleva que Solidaridad Obrera sea un arma fundamental en manos de los trabajadores, si es que los trabajadores quieren armarse, claro.

Durante demasiados años se ha visto el sindicalismo como la actuación de élites profesionalizadas, privilegiadas y con escaso contacto con el mundo laboral real. Una forma más de trepismo y, incluso a veces, de enriquecimiento personal, como hemos visto tan a menudo en muchos casos, aireados por las empresas de comunicación, ávidas, como siempre, de desprestigiar al sindicalismo.

Esta versión, aunada a la acomodación personal, ha calado en muchos trabajadores, y es uno de los motivos por los que hay tan escasa militancia en los sindicatos, incluida Solidaridad Obrera. La mayoría de los trabajadores viven desvinculados de sus sindicatos, y sólo se acuerdan de ellos a la hora de realizar trámites administrativos o cuando, negociando subidas salariales, esperan sus directrices como considerándolos una casta política ejecutivista. Es necesario que los trabajadores comprendan, y quizá los acontecimientos futuros les fuercen a hacerlo, que deben participar y aportar su esfuerzo al sindicato.

Nada de lo que tenemos, y es una obviedad, en materia de salarios, horarios, vacaciones, cobertura médica y educativa… nos ha sido regalado caritativamente por la clase empresarial dirigente. Todo ello ha sido conquistado y arrancado por generaciones anteriores de trabajadores a base de lucha y esfuerzo, y si éstos no se prolongan en el tiempo esas condiciones de trabajo las perderemos irremisiblemente.

Personalmente entré en Metro en Marzo de 1979, tras haber aprobado en el año 77 en una convocatoria de peón de Vía (más de 100 plazas). Tenía 20 años y ninguna experiencia laboral en una gran empresa. A pesar de su mala prensa, debido a los bajos salarios y condiciones de trabajo (hasta el año 78, por ejemplo, se libraba un solo día a la semana, fuera lunes, martes…) opté por Metro por tradición familiar, ya que mi abuelo materno fue de los que inauguraron la primera plantilla de la empresa y casi todos sus hijos también trabajaron en ella. Por cierto, mi madre fue revisora durante 8 años, hasta que se casó y fue despedida con una pequeña indemnización, práctica habitual en la empresa en esa época.

Muchos compañeros estaban pluriempleados en esos días, sobre todo en el sector privado, en el que los salarios eran mayores, pero, poco a poco, a base de huelgas y luchas se fueron mejorando las condiciones y salarios. Ingresé en CNT tras el “tejerazo del 81” y participé en la constitución de Solidaridad Obrera.

Trabajé hasta 1999 en la sección de Línea Aérea, momento en que se nos aplicó, a más de 20 trabajadores, el artículo 41 del Estatuto de los Trabajadores (modificación sustancial de las condiciones de trabajo) y la mayoría terminamos en el servicio de Estaciones. Curiosamente, el maquiavélico cerebro que organizó el tinglado se quedó corto de plantilla y, al cabo de unos meses se nos “tocó” por si queríamos regresar, teniendo finalmente que sacar 7 plazas de Línea Aérea al exterior. Mi recorrido posterior fue el de agente de taquilla, jefe de vestíbulo y, por último, jefe de sector desde 2008.

Por Editor

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