premiados XII edición Certamen Relato Breve

XII CERTAMEN DE RELATO BREVE RAIMUNDO ALONSO

 

El viernes, 19 de diciembre de 2014 se celebró la fiesta de entrega de premios del XII Certamen de Relato Breve “Un Metro de 350 palabras…”

En esta ocasión la fiesta se desarrolló en el nuevo local de la librería Traficantes de Sueños sito en la Calle Duque de Alba, 13; al lado de Tirso de Molina. Una librería con aire antiguo que va a robar el corazón a más de un amante de los libros.

A todos los participantes, premiados o no, les agradecemos el esfuerzo realizado y animamos a continuar escribiendo y participando en próximos certámenes.

En esta XII edición estos son los relatos ganadores:

PRIMER FINALISTA: “El domador de fieras” de Jordi Navarro García.

SEGUNDO FINALISTA: “Mañanas” de Cayetana de Morlán (Pseudónimo).

TERCER FINALISTA: “Luces” de María Toraño Caso.

CUARTO FINALISTA: “Hasta la muerte de esperaré de Jacinto Avendaño Garrido.

QUINTO FINALISTA: “Sobre raíles” de Txema García Urdampilleta.

 

EL DOMADOR DE FIERAS

Cuando las puertas del vagón se abrieron, el abuelo se echó la mano con disimulo a su cartera de piel, el niño notó como su madre lo atraía oprimiéndole en un gesto que se diría protector, el currelas levantó la vista del Marca no sin interés y, en suma, todos los viajeros apartaron la mirada de los smartphones y la fijaron en aquel individuo. De pie, ya dentro del vagón, sonreía. Delgado, camisa blanca, corbata roja. Se le veía sano, seguro de sí mismo. Dormía bien por las  noches.

-Buenas tardes, compañeros y compañeras. –El tono no era de quien pide limosna, más bien del que vacila en la barra de un bar-. Préstenme atención. Nada puede seguir por este camino. La casta nos desgasta, debemos decir “¡basta!”. “¡Consuman!”, nos impelen. Y con sumo desprecio nos exprimen. No bajen los brazos: nosotros, yo mismo, sin ustedes no sería nada. Quizá algo, pero no lo suficiente. No abandonen la lucha, no bajen los brazos, maldita sea. Pero deleguen, deleguen en mí. Sepan, compañeros y compañeras, que no les represento. Yo les mejoro. Soy mejor que la versión más esforzada y brillante que cada cual pueda mostrar jamás. He estudiado en Suiza, amigos y amigas. ¿El qué?, tal vez se pregunten. Comunicación, obtuve un título caro. Deleguen en mis palabras, sé hablar, sé hacer gestos. Nombraré las cosas para que su realidad se asemeje a lo que debiera ser. No importa que no entiendan, que no opinen, que no lleguen a saber. Yo les traduciré el premio y el castigo, tomaré las mejores decisiones para todos. Sólo deleguen. Recuerden: toda política que no esté hecha por mí, será hecha contra ustedes. Les amo. Recuerden eso también.

El metro se detenía en otra estación más, las puertas resoplaron al abrirse y de nuevo al cerrarse, y el cantamañanas se esfumó entre la multitud. El abuelo suspiró aliviado, hasta que notó el hueco de la ausencia de su cartera de piel: “Hijos de puta, ¡ya no esperan ni a llegar al gobierno para robar!”

Jordi Navarro García

 

MAÑANAS

Y ahí está él, como cada mañana; aún no le veo, pero le escucho; es inconfundible el sonido de su violín. Y ahí viene ella, absorta en su libro, andando mecánicamente mientras hace el cambio de la línea 2 a la línea 7. He estado una semana de vacaciones, pero hay pequeñas cosas que no cambian. Hacía días que no la veía, ¿habrá estado de vacaciones? Comienzo a bajar por las escaleras mecánicas, parada a la derecha; nunca me ha gustado andar con prisas. Me hace gracia verla reír mientras lee. ¿qué libro será esta vez? Ya sí que le veo, disimulada, levantando la vista del libro. Me mira, sé que es por el canon en D mayor. Suena mi canción, ¿lo hará queriendo? Siempre me mira y me sonríe si esa es la pieza que estoy tocando en mi violín. No puedo evitar sonreír al escuchar el canon en D mayor, y le miro, aunque él no entienda la mirada. Ella no lo sabe, pero cada mañana toco esta canción una vez tras otra porque sé que en cualquier momento aparecerá. Él no lo sabe, pero en estos momentos no leo ni una palabra del libro, aunque lo parezca; mi mente solo está en esa melodía, y en él. La conjura de los necios, me gusta ver qué libro está leyendo cuando pasa cerca de mí. Bajo las siguientes escaleras; ya no le veo, pero aún le oigo. No la veo alejarse, tengo la suerte cada día de ver solo cómo se acerca. La estación de Canal a esa hora de la mañana no sería lo mismo sin su música. En la estación de Canal solo la veo a ella aunque sea hora punta. Y es que él no sabe lo que me llena de vida escucharle tocar cada mañana. Y es que ella no sabe lo que me llena de vida verla sonreír cada mañana.

Cayetana de Morlán

LUCES

Hacía poco de la inauguración del Simulador Solar y aún no habíamos ido a verlo, así que aquella mañana la excitación llenaba la casa. Por mucho que les hubiese explicado a los peques lo que era la luz real y les hubiese llenado las paredes de dibujos de soles rechonchos y amarillos no terminaban de entenderlo. Ni siquiera Paula ni Car y eso que sólo les saco seis años. Ellas nacieron meses antes de las Nubes por lo que sus vidas han transcurrido siempre en los túneles y en casas con ventanas tapiadas. En mi familia, la única que sabe lo que es la luz del sol soy yo y lo recuerdo con la vaguedad de la infancia, con la misma nostalgia del mar.

Cuando me levanté, Paula estaba dándoles el desayuno a Iago y a Vicky que no paraban de hablar: “¿Nos quedaremos ciegos?”. “Yo no me quiero quemar”. “En la clase dicen que vamos a ver colores nuevos”. “¿Será redondo como en los dibujos que nos hace Pam?”. Me quedé mirándolos apoyada en la puerta. Justo en ese momento Cat salió de la ducha y me dio un beso. “Va a ser un gran día”, susurró.

Nos preparamos bien –capuchas, gafas, manoplas- y bajamos al portal. Nuestro edificio tiene acceso directo a los túneles así que nos ahorramos la carrera que supone salir a la calle. Los niños nos paraban de cantar y Cat y Paula empezaron a bailar. Tuve que unirme. Recorrimos las viejas vías saltando y el trayecto se hizo cortísimo. De los trenes subterráneos no me acuerdo. Eso se terminó incluso antes de que naciese yo.

Según nos íbamos acercando a la zona empezamos a notar calor y cierto resplandor comenzaba a asomar entre las curvas.

¿Sabéis por qué han instalado ahí el simulador?- preguntó Iago.

Yo sí.- dijo Vichy- Nos lo explicaron en el cole. Hicieron unas excavaciones de esas para encontrar cosas viejas y apareció un cartel que ponía: “Sol”.

Sonreíamos los cinco y echamos la última carrera cogidos de la mano.

María Toraño Caso

HASTA LA MUERTE TE ESPERARE

La nonagenaria anciana no sabía cómo había llegado hasta ese lugar. Siguió un camino recto y estrecho, cubierto de plantas como las que cuidaba en su jardín, y jalonado por arboles de estilizada línea y desafiantes del cielo.

La luz era tenue y se sorprendió de no haber utilizado el andador ortopédico que le había acompañado los últimos años.

Vio, a pesar de su apagada vista, una silueta que creyó reconocer.

Manuel ¿Eres tú? Preguntó.

Sí, soy yo, Isabel María.

¿Sabes? Llevo veinticinco mil ochocientos días esperándote, y hoy, Veinticuatro de Octubre de Dos mil ocho es el cumpleaños de tu hijo, recuerdas.

Sí. Yo también te esperaba, y siempre he estado cerca de ti, aunque no lo vieras.

La pareja había colmado su felicidad con la llegada de su hijo y la incorporación de Manuel a su nuevo puesto de trabajo en el nuevo sistema de transporte que revolucionaría la ciudad de Madrid.

En la Compañía Metropolitana desarrolló Manuel su trabajo como conductor de convoy en la Línea 3 que se inauguró en Agosto de 1936 y que en la contienda fratricida tuvo crucial importancia.

En los primeros días de Enero de 1938, ocurrió el suceso trágico que separaría al matrimonio para toda su vida.

Un incendio atroz tras una explosión en la nueva Línea, hace que Manuel sea considerado como desaparecido y no como una de las muchas víctimas que hubo en la tragedia.

Con Manuel ausente, Isabel María se ocuparía del cuidado de su hijo y más adelante también de sus nietos, que de pequeños pasaban por su cama como eslabón siguiente a la cuna de madera reciclada que les hiciera su padre.

La anciana pareja camina por lugares conocidos en su juventud. Recuerda rincones en los que se besaron y calles por la que pasearon.

Llegaron a una casa que reconocían, y por la ventana del dormitorio vieron a su hijo, nietos y biznietos, llorando desconsolados junto a un féretro.

Pobres, lloran por nosotros, pero no saben, no comprenden que los dos hemos encontrado la felicidad ETERNA.

Jacinto Avendaño Garrido

SOBRE RAÍLES

Tic-tac tic-tac. Perder el tiempo. Para subir a un vagón con cientos de personas como cada mañana para perder más tiempo, con suerte sólo ocho horas. Y somos los afortunados, tiene cojones la cosa. Arrastrándonos cinco días a la semana, pensando con una sonrisa en la boca en la noche del viernes, en quedar por fin libres para beber, bailar y sudar. La Vida. La de verdad, la de conversaciones nocturnas, risas y miradas furtivas. Es invierno, llueve, todavía no ha amanecido y ya nos estamos subiendo los de siempre. El trayecto empieza en esta parada de la desterrada periferia. Enfrente de mi asiento una chica que ya a estas horas mueve los dedos rápidamente sobre la pantalla de su móvil, escuchando música a un volumen exageradamente alto con unos auriculares igual de exageradamente grandes. En la otra fila de asientos un hombre ya mayor pasando páginas del periódico una tras otra, con la seguridad de no estar perdiéndose ninguna noticia que no conozca de sobra, que no se lleve repitiendo durante demasiado tiempo ya. Al lado un chaval rapado con una sudadera que proclama “working clase pride”. Hasta eso nos han quitado estos hijos de puta. El orgullo, la dignidad, el sentimiento de pertenencia. Antes no era así. No lo era ¿verdad? No podría asegurarlo ahora mismo y nosotros, los románticos, tenemos que tener cuidado con la nostalgia y su peligro. Hace tiempo podías enamorarte quince veces en el mismo vagón antes de llegar a tu parada. Ahora tienes suerte si pasa una mañana entera sin que quieras romperle la cara al imbécil de tu jefe.

Mi estación me coge distraído, me apuro para salir antes de que se cierren las puertas y tropiezo con ella. Botas, parka azul marino u atisbo fugaz de melena pelirroja mojada por la lluvia. Mientras se disculpa sonriendo, se cierran las puertas y veo el metro irse. Una señora mayor me sonríe con complicidad, no he debido ser el tipo más sutil del mundo. Tal vez no todo sea gris. Tal vez no todo sea hormigón y luz artificial parpadeante.

Txema García Urdampilleta

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